Vicente no dijo nada. Después de un rato, metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo, de esos de leche que le recordaban a su infancia. Lo desenvolvió y se lo metió a la boca.
Estaba dulce, pero también empalagoso.
En ese momento, se escucharon pasos afuera de la habitación.
Lucho levantó la vista y vio que se acercaba el doctor Nunier, con su maletín de siempre colgado del hombro.
—Jefe Solos, el señor Mar también está aquí —dijo el doctor Nunier, saludando con cortesía.
Lucho asintió y le respondió con una sonrisa:
—Doctor Nunier, cuánto tiempo sin verte.
El doctor soltó una risa amable.
—Estos días he estado viniendo diario a ver al jefe Solos.
Apenas escuchó eso, Lucho se volteó enseguida hacia Vicente:
—Vicente, ¿qué pasa contigo?
El doctor Nunier era médico particular de Vicente, y salvo que ocurriera algo serio, casi nunca lo visitaba tan seguido.
Vicente negó con la cabeza.
—No es nada.
El doctor Nunier sacó el estetoscopio y miró a Lucho con aire preocupado.
—Señor Mar, usted y el jefe Solos son amigos de años, ¿por qué no le dice algo? ¡Ya no puede seguir comiendo cualquier cosa! Si sigue así, su salud se va a venir abajo.
—¿Otra vez andas comiendo lo que no debes? —Lucho miró a Vicente, medio molesto.
Vicente se quedó callado.
Lucho suspiró, resignado.
—Vicente, así no se puede. ¿Por qué nunca haces caso a las indicaciones del doctor?
—Yo sé bien cómo estoy —respondió Vicente—. No exageren las cosas.
—¿Y tú crees saber más que el doctor? —replicó Lucho.
Vicente miró al doctor Nunier.
—Hoy déjame más pastillas para el dolor.
El doctor le preguntó:
—¿Ya te acabaste las que te di ayer?
Vicente no respondió.
El doctor Nunier solo pudo suspirar.
Cuando Lucho regresó, don Albarracín no tardó en llamarlo para saber cómo había ido todo.
Apenas supo el resultado, don Albarracín, furioso, soltó el teléfono de golpe.
—¡Esto es el colmo!
Había intentado varias veces hablar del asunto con Vicente, pero Vicente seguía negándose una y otra vez.
¿Acaso Vicente ya no le tenía ningún aprecio a los viejos tiempos?
—¡Señor, cálmese, no se altere! —el mayordomo lo sostuvo del brazo, tratando de tranquilizarlo.
Don Albarracín, rojo de rabia, gruñó entre dientes:
—Si no fuera por mí, Vicente no sería nadie. ¡Y ahora resulta que no le gusta Mariana! ¿Por qué no le va a gustar Mariana?
Suspiró, bajando la voz:
—Bueno, en el fondo entiendo que Mariana no sea de su tipo. Cada quien tiene sus gustos, pero Mariana sigue siendo mi nieta. ¡Por lo menos debería tenerme ese respeto!
Pero Vicente no solo no le daba ese respeto, ¡sino que parecía disfrutar humillándolo!
Y encima, estaba tan grande.
El mayordomo intentó calmarlo:
—Don Albarracín, nuestra Mariana es muy valiosa. Puede casarse con quien quiera. Si Vicente no la quiere, él es quien pierde. No se preocupe por eso, señor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...