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La Heredera del Poder romance Capítulo 2873

—No hay prisa —respondió Vicente.

—¿No hay prisa? —don Albarracín lo miró con el ceño fruncido—. Ya tienes una edad, muchacho, ¿y todavía dices que no hay prisa?

Vicente sonrió levemente y no dijo nada.

Don Albarracín suspiró y siguió hablando:

—Tú y Mariana nos traen a todos de cabeza, de verdad. ¡Cómo pasa el tiempo! Me acuerdo clarito de la primera vez que te vi, Vicente. Eras un niño todavía. ¿Cuántos años tenías? ¿Siete, no?

—Tenía nueve —corrigió Vicente.

—¿Nueve? —don Albarracín fingió sorpresa.

En realidad, él recordaba perfectamente que Vicente tenía nueve años cuando lo conoció. Solo lo preguntaba para ver si Vicente aún guardaba en la memoria aquellos tiempos.

Tal como esperaba, Vicente era alguien que no olvidaba las cosas importantes. Por muchos años que hubieran pasado, él seguía recordando.

Vicente asintió.

—Sí, tenía nueve.

Desde aquel primer encuentro, el pequeño Vicente había sentido por don Albarracín el cariño y respeto que se le tiene a un abuelo de verdad. Por eso, durante todos esos años, sin importar lo que le pidiera el hijo del anciano, mientras no fuera algo exagerado, Vicente siempre accedía, solo por consideración a don Albarracín.

Don Albarracín lo miró con ternura y nostalgia.

—¡El tiempo vuela, hijo! ¡Mira nada más, tantos años ya!

—Así es —dijo Vicente, y en su rostro se asomó también la melancolía al recordar aquellos días.

En ese momento, don Albarracín se giró hacia Vicente.

—Vicente, gracias por todo lo que has hecho por la familia Albarracín todos estos años.

—No tiene que agradecerme nada —respondió Vicente con sinceridad.

Don Albarracín hizo una pausa, ordenando sus palabras en la cabeza antes de continuar:

—Mira, Vicente, ya estoy en la recta final de la vida. Uno nunca sabe cuándo es el último día. Y, a decir verdad, aún tengo algo que me inquieta, una preocupación que no me deja descansar en paz. Si no la resuelvo, ni cerrando los ojos voy a estar tranquilo.

Él conocía bien el carácter de Vicente y sabía que había cosas que había que decir poco a poco, sin ir directo al grano.

Vicente, sin embargo, respondió:

—Todos tenemos asuntos pendientes, don Albarracín, pero no se preocupe tanto. Lo más importante ahora es que cuide su salud.

Don Albarracín sonrió, satisfecho.

—Con eso me basta. Mira, en realidad, esto podría ser hasta bueno para ti.

Y era cierto: en esos tiempos, el asunto de encontrar pareja estaba muy complicado, especialmente para los hombres de familias humildes.

Así que él, don Albarracín, estaba proponiendo a su propia nieta para Vicente. Si aceptaba, sería una bendición inesperada.

Cualquier persona con dos dedos de frente entendería que no era mala idea.

Vicente, sin comprometerse aún, solo repitió:

—Dígame.

Don Albarracín dudó un segundo antes de soltarlo todo.

—Vicente, ya tienes treinta años, Mariana tiene veintiocho. Se conocen desde siempre, crecieron juntos, siempre fueron inseparables... Y esa muchacha, Mariana, en verdad te quiere.

Hizo una pausa para mirar a Vicente a los ojos.

—Yo soy el abuelo de Mariana y te he visto crecer. Sé que eres una buena persona, en quien se puede confiar. Así que, ¿por qué no dejo yo mismo todo esto en tus manos y les ayudo a dar el paso? Ya miré el calendario y el mes que viene, el día veintiocho, es buen día. ¿Qué te parece si ese día se comprometen tú y Mariana?

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