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La Heredera del Poder romance Capítulo 2867

—Parece que ya no hay nada más que decir entre nosotros —dijo Vicente, dándose la vuelta para marcharse.

Mariana también se levantó de golpe y gritó tras él:

—¡Vicente!

Pero Vicente no escuchó su llamado. Ni siquiera volteó. Siguió caminando hacia adelante, firme, alejándose cada vez más.

Hasta que la silueta de Vicente se perdió en la distancia, Mariana no recibió ni una sola mirada de despedida.

Desesperada, Mariana rompió a llorar. Las lágrimas le caían como si el cielo se hubiera roto sobre ella.

En ese instante, de verdad entendió a quienes se entregaban por amor, a quienes decían que preferían morir antes que vivir sin la persona amada.

Pero ella no iba a morir.

Tenía que seguir viviendo.

Tenía que amar a Vicente con todas sus fuerzas.

Solamente si seguía viva, podría esperar que ocurriera un milagro.

¿Y si…?

¿Y si algún día Vicente llegaba a darse cuenta de lo mucho que ella lo quería? ¿Y si llegaba a amarla?

Sí, seguro que ese día llegaría.

Mariana se secó las lágrimas, y poco a poco, su mirada se llenó de determinación.

De repente, como si una idea le hubiera cruzado la mente, tomó su celular y mandó un mensaje.

—Santiago, ¿tienes tiempo? ¿Podemos vernos?

Santiago era el asistente personal de Vicente.

Si quería saber algo de Vicente, con preguntarle a Santiago bastaba.

Normalmente, Santiago siempre le respondía con sinceridad.

Ese día, Santiago estaba de descanso. Apenas recibió el mensaje de Mariana, contestó enseguida:

—Mariana, dime cuándo y dónde. Yo me acomodo.

Mariana le envió la dirección para verse.

No podía esperar más para conocer a la persona que Vicente guardaba en su corazón.

La envidiaba, sí, pero no sentía celos.

...

En la playa

La noche ya cubría el mar.

El paisaje junto a la costa era sencillamente hermoso.

Arsenio había pedido que les llevaran una parrilla y todo el equipo para hacer asado. Luego, mirando a Sebastián, le dijo:

—Vacuus, justo encontré a un asador buenísimo que vive por aquí cerca. Lo llamo y que se venga, ¿va?

Para Arsenio era toda una novedad descubrir que Sebastián sabía de asados.

—Vacuus, no te tenía como experto, ¿eh? —le dijo Arsenio, sorprendido.

Sebastián tomó una pechuga de pollo y la puso sobre la parrilla con soltura.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —respondió, sin perder la calma.

Arsenio miró a Gabriela.

Pensaba que Gabriela se quedaría sentada, esperando que Sebastián le sirviera la comida, como solían hacer muchas chicas, sobre todo si el tipo consentía sus caprichos. Pero no.

Gabriela estaba tan metida en el asado como los demás. No hablaba mucho; el viento del mar le revolvía el cabello y un mechón se le escapó, acariciando su rostro suave y perfecto. De repente, a Arsenio le vino a la mente la escena que había visto esa tarde en la cámara del auto.

Rápido apartó la mirada y le dio una mordida al ala de pollo que Helena le pasaba.

—¿Está rico? —le preguntó Helena.

—Delicioso —respondió Arsenio.

Helena sonrió, satisfecha:

—¡Claro! Si lo hice yo, tenía que quedar bueno.

Pero Arsenio apenas sentía el sabor.

No sabía bien qué le estaba pasando.

Solo que, de pronto, la brocheta en su mano ya no le sabía tan bien.

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