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La Heredera del Poder romance Capítulo 2865

Dr. Nunier continuó diciendo:

—Entonces, lo suyo no es nada fácil en el día a día.

—Nos acostumbramos —respondió el asistente con una sonrisa—. Ya es parte de la rutina.

No tardaron en llegar a la farmacia.

Dr. Nunier tomó una caja de analgésicos y se la entregó al asistente.

—Dale esto a jefe Solos.

—Está bien —respondió el asistente, asintiendo con la cabeza.

Dr. Nunier añadió:

—Y de paso dile a jefe Solos que estos días descanse lo más que pueda, y que ni se le ocurra comer comida fría y fuerte.

—Claro —dijo el asistente, y luego preguntó—: ¿No regresa conmigo, Dr. Nunier?

—Tengo otros asuntos que atender —respondió él.

—De acuerdo, entonces me adelanto, Dr. Nunier.

El asistente tomó los medicamentos y se fue en dirección a donde estaba Vicente.

Dr. Nunier lo miró alejarse, y en su mirada se notaba bien claro la curiosidad.

Sentía curiosidad por saber cómo era que Vicente había terminado así.

Y también por saber quién era esa persona que Vicente amaba pero no podía tener.

El asistente llegó rápidamente junto a Vicente y le entregó el medicamento.

—Jefe, aquí tiene el analgésico.

Vicente extendió la mano, abrió el frasco y se tomó dos pastillas de inmediato.

El asistente no tardó en añadir:

—Y Dr. Nunier también le recomendó que, por ahora, no coma nada fuera; si no, ni el analgésico le va a servir.

Vicente no dijo nada, solo levantó la mirada hacia su asistente.

—Empaca todo lo que comí hoy y llévalo a casa.

¿También para llevar?

El asistente se quedó un momento en blanco.

—¿No escuchaste bien? —Vicente frunció el ceño al ver que el asistente no respondía.

El asistente reaccionó al instante.

—Pe-pero, el Dr. Nunier...

—¿Prefieres irte a trabajar con Dr. Nunier de asistente? —dijo Vicente, mirándolo de arriba abajo.

—¡No, no! Lo hago en seguida —respondió el asistente rápidamente.

Vicente se puso de pie y comenzó a caminar de vuelta.

—¡Vicente! —En ese momento, una voz femenina y suave se escuchó en el ambiente.

Vicente volteó y vio a una joven vestida con un vestido azul claro.

Era Mariana Albarracín.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Vicente.

Mariana no se molestó por la pregunta; al contrario, mantenía una sonrisa tranquila, aunque era claro que intentaba controlar sus emociones.

—¿Qué era eso tan importante que querías decirme?

Mariana tuvo el impulso de hablar, pero al escuchar la voz de Vicente, se quedó sin palabras por un momento.

Después de armarse de valor, Mariana finalmente dijo:

—Casémonos.

Fue solo una frase, pero para Mariana fue como poner toda su vida en juego.

¿Casarse?

Vicente se quedó mirándola, sin mostrar la menor expresión.

Ni siquiera parecía sorprendido o incómodo.

—¿Casarnos? —repitió Vicente, mirándola de frente—. ¿Tú y yo?

—Sí —afirmó Mariana, y agregó—: Casarte conmigo no te haría ningún mal.

Vicente siguió tomando su té, intrigado, y la dejó continuar.

Mariana prosiguió:

—A todos nos llega el momento de casarnos, y ya estamos en la edad. Vicente, en vez de llevarte a casa a una desconocida, ¿no sería mejor casarte conmigo?

—No me importa que no me quieras, ni me importa ser solo un apoyo, o una fachada para ti. Vicente, ¿entiendes lo que te digo?

Mariana tuvo que sacar todo el coraje que tenía para decirle esto.

De verdad quería casarse con Vicente.

Su amor por él era de esos que no cambian, sin importar el tiempo.

Si tuviera que describirlo con palabras, sería como ese amor imposible de los personajes secundarios en una telenovela.

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