¿Qué monje podría tener una vida tan llena de emociones como Arsenio?
—Sí —asintió Sebastián, apenas inclinando la cabeza.
Arsenio llegó acompañado de varias chicas, sonriendo con esa confianza suya tan particular—. Vengan, Linda, Paula, Yvonne, Dora, Helena, les presento: él es el señor Sebas, y ella, la señorita Gabriela.
—¡Señor Sebas! —saludaron las chicas con entusiasmo, pensando que cualquier amigo de Arsenio debía ser tan divertido y desinhibido como él. Una de ellas, la más extrovertida, se adelantó—. Soy Dora —dijo, extendiendo la mano.
Sebastián solo les dio un leve asentimiento y, en vez de corresponder el saludo, rodeó con el brazo los hombros de Gabriela—. Ella es mi prometida.
La sonrisa de Dora titubeó apenas un segundo, pero no perdió la compostura—. ¡La prometida del señor Sebas es guapísima!
—Gracias —respondió Gabriela, su tono tranquilo y breve.
Dora no se rindió—. Mucho gusto, señorita Gabriela. Soy Dora.
—Hola. Gabriela Yllescas —contestó Gabriela con sencillez.
Yllescas.
Al oír ese apellido, Dora se quedó pensativa un instante.
Había algo familiar en ese nombre.
Gabriela Yllescas.
¿No sería acaso la famosa señorita Yllescas de la que tanto hablaban en el mundo de la tecnología?
El hermano de Dora era investigador, y a cada rato mencionaba a la señorita Yllescas como ejemplo a seguir.
Decían que la señorita Yllescas, pese a su juventud, era brillante y además muy atractiva. ¿Podría ser que la chica que tenía delante era esa misma Gabriela de la que tanto se hablaba?
A medida que pensaba en esto, la mirada de Dora cambió.
Linda, Helena, Paula y las demás también se acercaron para saludar a Gabriela.
Dora, sin perder tiempo, se apartó y fue junto a Arsenio. Le susurró en voz baja unas palabras.
—Vamos a hablar allá —propuso Arsenio.
Dora asintió y lo siguió hasta un rincón más apartado.
Ya allí, Arsenio le puso la mano sobre el hombro, con una sonrisa pícara—. ¿Qué descubriste?
Dora miró disimuladamente hacia donde estaba Gabriela—. Yo que tú, dejaría de investigar a la señorita Gabriela. No es como te imaginas.
—¿Y qué es lo que tiene de especial? —preguntó Arsenio, intrigado por el comentario.
Por lo general, las mujeres se ponían a la defensiva si había otra más guapa en el grupo. Pero Dora no parecía sentir celos.
—¡Todo! —exclamó Dora, convencida.
¿Seguir el plan? Dora dudó.
Arsenio, notando su inseguridad, le aseguró—. Tranquila, si algo sale mal, yo me hago cargo.
Dora asintió, aunque seguía con dudas.
Arsenio era el hombre del que llevaba enamorada años.
Recordaba claramente la primera vez que lo vio: tenía dieciséis años y Arsenio, ya con veintiséis, irradiaba esa energía y carisma de los hombres seguros de sí mismos.
Ahora, a sus veintitrés años, Dora seguía sintiendo lo mismo. Aunque Arsenio nunca le había correspondido, aunque solo la viera como a una más entre tantas, ella no podía dejar de quererlo.
A pesar de haber aceptado ayudarlo, Dora no pudo evitar sacar el celular y sacarle una foto de perfil a Gabriela, lista para enviársela a su hermano y confirmar si realmente era la famosa Doctora YC.
—Señorita Dora.
Justo cuando iba a mandar la foto, escuchó una voz suave y agradable por encima de su cabeza.
Dora se sobresaltó. Al levantar la vista, vio que era Gabriela quien le hablaba.
—Señorita Yllescas —respondió Dora, poniéndose nerviosa y bloqueando el teléfono de inmediato, fingiendo una sonrisa.
Gabriela continuó—. Señorita Dora, no me gusta que me tomen fotos, y menos que mi imagen ande rodando en celulares ajenos.
Al escuchar eso, el rostro de Dora se tornó rojo de vergüenza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...