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La Heredera del Poder romance Capítulo 2842

—De vacaciones — respondió Sebastián.

"¿Vacaciones?"

La abuela Zesati, que hasta ese momento estaba distraída, de pronto se animó. Sus ojos se iluminaron y miró a Sebastián con curiosidad—. ¿Y con quién te vas de vacaciones? ¿Vas con Gabi?

—No —Sebastián apenas movió los labios, pero no parecía estar bromeando.

—¿No? —La abuela Zesati miró a su nuera Sue con una cara de desaprobación que no podría ser más clara—. ¿Y entonces para qué quieres irte? ¿Vacaciones solo? ¡Eso es una tontería, mocoso! ¡Te falta un tornillo!

—¿No puedo irme solo de vacaciones? —insistió Sebastián.

La abuela Zesati le respondió sin dudar—. Yo creo que tienes la cabeza llena de pájaros.

Irse solo de vacaciones, ¡vaya ocurrencia!

Sebastián no dijo más. Se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras.

—¿A dónde vas? —preguntó la abuela Zesati.

—A hacer mi maleta —contestó Sebastián, seco y directo.

A la abuela Zesati ya ni le salían las palabras—. ¡Pero este muchacho de verdad está loco! ¿No vas a irte solo, verdad?

—Sí.

—¡No te doy permiso! —exclamó la abuela Zesati, pero Sebastián ni la escuchó.

—¡Mala suerte la tuya! —masculló ella, negando con la cabeza—. ¡Así vas a quedarte soltero toda la vida!

No pasó mucho tiempo cuando se escucharon unos pasos afuera de la puerta.

—Abuela —se oyó la voz de Gabriela en el aire.

La abuela Zesati se quedó en blanco, pensando que estaba alucinando. Abrió los ojos y vio a Gabriela parada frente al sofá.

—¡Gabi! —gritó la abuela Zesati, feliz, levantándose de un salto y abrazando a Gabriela—. ¡De verdad eres tú! ¡Pensé que estaba oyendo cosas!

Gabriela sonrió—. No, abuela, no es ninguna alucinación.

Y enseguida preguntó—. ¿Dónde está Sebastián?

Al escuchar el nombre, la cara de la abuela Zesati se llenó de disgusto—. Ni me hables de ese muchacho.

—¿Qué te hizo ahora? Cuéntame y yo misma le doy un buen regaño —dijo Gabriela con picardía.

La abuela Zesati soltó el veneno—. ¿Sabes que ese Sebastián se va a Mar Austral?

Gabriela asintió—. Sí, yo voy con él.

La abuela Zesati se quedó de piedra, dándose cuenta de que Sebastián la había engañado.

—¡Mira nomás! ¡Ahora resulta que sabe mentir! Hace un rato que me dijo que se iba solo. ¡Y yo, una pobre viejita indefensa y de buen corazón, creyéndole todo!

Nada. Gabriela frunció el ceño, preguntándose si estaría ahí.

Entró y todo estaba en silencio. Al lado del armario había una maleta ya lista.

¡Pum!

De repente, la puerta del baño se abrió de golpe.

Sebastián salió sin previo aviso.

Acababa de salir de la regadera. Tenía el pelo mojado, la piel húmeda, y en la mano una toalla blanca con la que se estaba secando la cabeza.

Pero lo más impactante no era eso. Lo más impactante era que no llevaba nada puesto. Ni siquiera la toalla.

Gabriela se quedó petrificada, se le encendieron las mejillas y rápidamente se dio la vuelta—. Yo... yo no vi nada.

Sebastián se detuvo un segundo, lo entendió todo de golpe, y con la cara seria de siempre, le contestó como si nada—. No importa, aunque hubieras visto.

Total, algún día ibas a verlo de todas formas.

—De verdad que no vi —insistió Gabriela, aunque su voz temblaba un poco.

Sebastián esbozó una leve sonrisa—. Sí, te creo que no viste nada.

Lo dijo tan serio, pero a Gabriela le sonó a pura broma.

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