—¡Confíen en la señorita Yllescas!
Alguien gritó con fuerza en medio de la multitud.
—Mamá, tengo miedo — una niña pequeña se aferraba al pecho de su madre, con la cara blanca del susto.
La madre la abrazó con fuerza. —No tengas miedo, la señorita Yllescas va a venir a salvarnos.
La niña asintió, todavía temblando. —¿La señorita Yllescas es más fuerte que Superman?
—Sí, claro que sí. Ella es mucho más increíble que Superman.
Superman era solo un personaje de caricatura.
Pero la señorita Yllescas era de verdad.
La niña se animó un poco y declaró: —Entonces, ya no voy a admirar a Superman, ahora mi heroína será la señorita Yllescas.
El retumbar de las pisadas y los rugidos de las bestias se escuchaba cada vez más cerca.
La mamá apretó aún más a su hija.
William miraba la marea negra de criaturas monstruosas que se acercaba, con el rostro desencajado de terror.
Nunca en su vida había visto tantas bestias juntas.
Era demasiado espantoso.
—Compa… — William, con la voz temblorosa, volteó hacia Mario. —¿Y ahora qué hacemos?
Mario no mostraba ni un rastro de miedo, solo miraba fijo hacia adelante. —Esperar a la señorita Yllescas.
Siempre lo mismo, esperar a la señorita Yllescas.
William pensó que Mario ya había perdido el juicio.
¿A estas alturas, todavía seguía confiando en la señorita Yllescas?
Gabriela ya no iba a venir.
—No va a venir, — insistió William, bajando la voz. —Todos caímos en su trampa.
Ahora William estaba completamente arrepentido. ¿Por qué rayos se le ocurrió traer a todos a la plaza?
Si no hubieran venido, quizá aún tendrían salvación.
Ahora, solo les quedaba convertirse en comida para esas criaturas.
—La señorita Yllescas no nos mentiría — replicó Mario, sin dudar. —Yo confío en ella.
William ya no sabía qué decir.
Mario tenía muy mala suerte.
Cuando debía confiar en Gabriela, no lo hacía. Y ahora que ya no había esperanza, seguía aferrado a ella.
—¿Y si te engañó? — murmuró William. —Solo quedan cinco segundos.
Mario no respondió. Alzó la mirada al cielo, esperando el milagro de ver llegar a Gabriela.
William, por su parte, miraba a la manada de bestias acercándose, rezando por un milagro.
Ya no esperaba nada de Gabriela.
Sabía que ella no iba a aparecer.
Era mejor apostar por un milagro que por alguien que nunca llegaría.
El miedo se reflejaba en todos los rostros.
No era para menos: esas bestias ni parpadeaban antes de devorar a alguien.
—¡Ya viene!
Los ojos de Mario se abrieron de par en par, llenos de asombro.
Nadie se lo esperaba, pero las aeronaves del país Torreblanca se habían camuflado como nubes en el cielo.
Él siempre lo supo: Gabriela iba a venir.
No había confiado en la persona equivocada.
En ese momento, desde los vehículos comenzaron a caer cientos de bombas de humo.
William levantó la vista.
El cielo, que hacía un segundo parecía en calma, ahora estaba repleto de aeronaves.
¡Era verdad!
Por un instante, William no podía creer lo que veía.
Gabriela había llegado a tiempo.
No por nada era Gabriela.
Se merecía toda la confianza del mundo.
Las bombas de humo caían sobre la plaza y la gente se asustó aún más.
Mario agarró el megáfono y gritó: —¡No tengan miedo! La señorita Yllescas nos avisó que estas bombas de humo no le hacen daño a ningún humano.
Con esas palabras, la multitud se tranquilizó un poco.
Al tocar el suelo, las bombas soltaron una niebla blanca, pero no tenían olor ni causaban ningún efecto extraño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...