—¿Entonces todos tenemos que ir a la plaza central? —preguntó alguien entre la multitud.
—Sí —respondió William, asintiendo con la cabeza—. Todos tenemos que ir.
Las bestias extrañas se alimentaban de personas, y solo cuando no encontraban a ningún ser humano en la ciudad, salían juntas a buscarlos. Solo cuando se reunieran, habría oportunidad de lanzar el virus y acabar con ellas de una vez por todas.
En ese momento, un joven vestido de traje salió de entre la gente. Su ropa, cubierta de polvo tras días huyendo, lo hacía ver desaliñado y cansado.
—¡Lo que estás haciendo es usarnos de carnada! —gritó. Lo que sonaba bonito como "reunirse", en realidad no era más que eso: carnada. Después de todo, esas criaturas comían personas.
Al decir esto, la multitud empezó a murmurar inquieta. La palabra "carnada" les heló la sangre. Un descuido y cualquiera podía acabar devorado por las bestias, sobre todo quienes habían visto con sus propios ojos a las criaturas tragarse a alguien. Esa imagen los iba a perseguir toda la vida.
—¿Nos estás usando como carnada?
—¿Con qué derecho nos empujas así?
—¿Por qué no te usas tú de carnada?
—Seguro tú y Mario están en lo mismo. Seguro hicieron un trato con las bestias para llevarnos a todos a la plaza y que nos devoren de una sola vez.
—¡Sí, seguro es eso! Al fin y al cabo, esas bestias las trajo ese Mario…
—¡Es aterrador!
El miedo y la furia se expandieron entre la gente, que apenas había logrado calmarse.
El joven de traje insistió:
—¡No confíen en estos dos! ¡No son de fiar!
—¡Eso! —le dieron la razón varios—. ¡No les crean!
William se quedó paralizado ante la escena. El tiempo apremiaba. Llegar a la plaza central tomaría unos 30 minutos, pero esquivando a las bestias, lo menos que tardarían sería una hora.
—Reconozco que esto es peligroso, pero díganme, ¿hay un plan mejor? —explicó William, elevando la voz para que todos escucharan—. Al menos ahora tenemos la ayuda de la señorita Yllescas. Quedamos en encontrarnos con ella en una hora y media. Si no llegamos a tiempo, quizás nunca salgamos de aquí.
Hizo una pausa, miró a todos y continuó:
¡La señorita Yllescas era como una leyenda!
La duda de la multitud se fue disipando, y uno tras otro comenzaron a seguirlos.
El Estado Luz era una isla, no especialmente grande, pero tampoco pequeña. Tras lo ocurrido, la gente se había refugiado en los albergues de emergencia. Algunos habían sido descubiertos por las bestias, otros seguían a salvo, al menos por ahora.
En cuanto se corrió la voz, todos comenzaron a dirigirse hacia la plaza central. Los que no podían llegar a tiempo, se ocultaron donde pudieron.
Una hora y veinte minutos después, ya estaban todos reunidos en la plaza. Siguiendo las instrucciones de William, formaron un círculo: los niños y ancianos al centro, los jóvenes rodeándolos por fuera. Todo estaba planeado, aunque algunos problemas empezaron a surgir.
De manera inesperada, los ancianos del círculo central empezaron a salir y a ponerse delante de los jóvenes, como si se hubieran puesto de acuerdo.
Los jóvenes protestaron, pues siempre les enseñaron a respetar y cuidar a los mayores y a los niños, nunca lo contrario.
En ese momento, un anciano de cabello blanco subió al estrado, tomó el micrófono y dijo:
—Escuchen, muchachos. Ustedes ya han cargado bastante, manteniendo y sacando adelante a sus familias. Permítannos a nosotros, por esta vez, ser quienes los protejamos a ustedes, hijos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...