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La Heredera del Poder romance Capítulo 2833

Ahora, aunque regresara a casa, Gabriela no tenía cabeza para descansar.

Prefería ir al laboratorio y sumarse al equipo de investigación.

El ingeniero Jaso negó con la cabeza. —Todavía nos falta un programa.

Y es que nunca antes habían visto una criatura tan extraña; todo era nuevo, y los datos difíciles de manejar, cualquier descuido podía causar un error.

—Déjame entrar a ver —dijo Gabriela sin rodeos.

—Sígame —respondió Jaso, adelantándose para abrirle paso.

Apenas cruzó la puerta, Gabriela divisó a una figura alta y de postura erguida junto a la mesa de experimentos.

Él estaba ahí, con las mangas arremangadas, inyectándose algo en el brazo.

El gesto era sencillo, pero su presencia imponía respeto, irradiaba una energía imposible de ignorar.

—¡Sebastián! —exclamó Gabriela. Aunque su rostro casi desaparecía tras el cubrebocas, ella lo reconoció al instante.

Al escucharla, Sebastián giró apenas el rostro, sorprendido.

No esperaba verla ahí; de inmediato escondió la jeringa, fingiendo que nada había pasado—. Jefa, ¿qué haces aquí?

—¿Qué escondiste? —preguntó Gabriela, mirando sus manos.

—Nada —respondió Sebastián con evasivas.

Gabriela entornó los ojos, escéptica—. ¿De verdad nada?

—De verdad —insistió él.

Gabriela entonces miró al asistente.

El pobre se veía incómodo.

Por un lado, su jefe.

Por el otro, la jefa de su jefe.

No le convenía quedar mal con ninguno.

Después de vacilar, miró a Gabriela—. Señorita Yllescas, yo no sé nada.

Solo era el asistente, al fin y al cabo.

Gabriela se volvió hacia Sebastián—. Mejor dilo tú.

A Sebastián se le puso la piel de gallina.

¿Quién iba a imaginar que Gabriela aparecería de repente?

Albarracín, mientras tanto, apenas si se atrevía a levantar la cabeza, tratando de ser invisible, como si no existiera.

Sebastián sonrió forzado—. No es nada, en serio. Oye, ¿no que ya te habías ido? ¿Olvidaste algo? Mejor vete a descansar, yo me encargo aquí.

—No me cambies el tema —lo cortó Gabriela, mirándolo fijo—. Te doy otra oportunidad para que digas la verdad.

—De verdad que no hay nada —insistió Sebastián.

Gabriela se acercó y le dijo—: Dame la mano.

Cuando se fueron, Gabriela frunció el ceño—. ¿Estás loco? ¿Sabes el peligro que corres haciendo esto?

La fórmula C1 era una de las armas claves contra el virus para las criaturas extrañas.

Si algo salía mal, las consecuencias serían desastrosas.

Sebastián era temerario, atreverse a probarlo en sí mismo.

—No pasa nada, ya van varios minutos desde que me la puse, ¿ves? Estoy perfecto —dijo Sebastián, y suavemente apartó un mechón del rostro de Gabriela—. Además, confío en ti.

Confío en ti.

Tres palabras sencillas, pero que retumbaron en el aire.

El suero C1 era un experimento arriesgado, con componentes que nadie más se atrevía a probar.

Lo peor era que no servía experimentar con ratones, hacía falta un humano.

Por eso, Sebastián dio un paso al frente.

Gabriela lo miró, sintiendo los ojos a punto de humedecerse—. ¡Eres un bruto!

—¿Y tú no lo eres? —replicó Sebastián.

—Yo no. El bruto eres tú. El más grande de todos.

Si algo hubiera salido mal con el C1, ni siquiera podrían estar hablando en ese momento.

Sebastián sonrió—. Así que el novio de la señorita Yllescas es un bruto. Entonces, la señorita Yllescas tampoco es muy lista, porque ¿quién en su sano juicio se enamora de un bruto?

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