—Anda —dijo Gabriela.
El Dr. Sanz salió de inmediato.
Estado Luz.
Centro de Investigación Científica.
El director general del centro estaba sentado en su oficina, escuchando el reporte que su asistente le leía en voz alta. Alzó los ojos apenas y preguntó:
—¿Esto viene del país Torreblanca?
—Sí, señor Mario.
Mario giró el anillo que llevaba en el dedo índice y entornó la mirada.
—Los de Torreblanca siempre han sido muy astutos, sobre todo esa YC.
YC había creado la primera nave espacial y, además, había logrado plantar una zona verde en Marte. Ahora, era una leyenda imposible de superar.
El país Torreblanca se había convertido en la potencia tecnológica número uno.
Si Estado Luz quería rebasar a Torreblanca, necesitaban crear algo tan asombroso que dejara boquiabierto a todo el mundo.
Estado Luz llevaba mucho tiempo en el anonimato.
Esta vez, pensaba Mario, seguro que podrían volver a levantar la cabeza frente al mundo entero.
—¿Entonces, cuál es su decisión? —preguntó el asistente, sin atreverse a adivinar qué pasaba por la mente de Mario.
Tampoco tenía claro cómo debían proceder.
Mario respondió enseguida:
—Que el experimento siga. No te preocupes por esos comentarios.
El asistente dudó un momento y luego se animó a decir:
—Es que el Dr. Sanz nos buscó personalmente. Dice que este microorganismo es peligrosísimo, que en apenas tres días evolucionó a organismo multicelular. Si no lo destruimos pronto, podría ser una catástrofe.
Era una criatura alienígena desconocida, y encima estaban en la Tierra, un planeta lleno de recursos. Si lo que decía el Dr. Sanz era cierto, todos los que participaban en el experimento estarían en peligro.
—¡Dramatismo puro! —Mario soltó una carcajada—. ¿De verdad YC cree que me voy a tragar ese cuento?
Para Mario, Gabriela solo quería quedarse con esos recursos valiosos, por eso inventaba historias tan absurdas.
¿Acaso pensaba que él era un niño pequeño?
¿Tan fácil de engañar?
El asistente insistió:
—Pero Dr. Sanz asegura que…
La cara de Mario cambió de golpe. Lo miró fijamente y dijo:
—Mañana no hace falta que vengas.
El asistente se quedó helado, sin saber qué decir.
—Señor Mario, yo…
Mario llegó al laboratorio.
De inmediato, Caidín, uno de los investigadores más veteranos se le acercó, visiblemente preocupado.
—Señor Mario, yo creo que la Doctora YC tiene razón. Estas criaturas no son de aquí, y evolucionan demasiado rápido. Si las dejamos avanzar, esto puede ponerse muy feo.
Mario lo miró con desprecio.
El veterano Caidín insistió:
—Por favor, señor Mario, detenga el experimento. ¡No haga algo de lo que pueda arrepentirse después!
Por supuesto, también había quienes pensaban diferente.
—Yo no estoy tan seguro —contradijo otro científico—. Al final, YC es de Torreblanca. ¿Y si solo quiere quedárselo todo para ella?
Después de todo, Estado Luz también le había enviado una muestra a Gabriela.
Por suerte, Mario no había mandado todo; se había guardado una parte.
—¡No lo creo! ¡La Doctora YC no es así! —intervino Caidín.
Aunque Caidín no había tratado mucho con Gabriela, tras presenciar dos experimentos que habían asombrado al mundo, estaba seguro de que ella no era de las que jugaban sucio.
No se rebajaría a eso.
Mario lo observó y, con una expresión difícil de leer, le preguntó:
—¿Así que la conoces muy bien, eh?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...