—Por cierto, Jasmina, no vayas así nomás —añadió Teresa al otro lado del teléfono.
—¿Así nomás? —Jasmina se quedó confundida—. ¿A qué te refieres?
Teresa le explicó con tono paciente:
—Me refiero a que tienes que buscar a Adam llorando, hacer que le duelas, que le des lástima, para que se ponga de tu lado sin que tú se lo pidas.
Jasmina, que era experta en estos juegos, entendió inmediatamente. Sonrió y respondió:
—Ya sé perfectamente qué hacer.
¿Actuar? Eso era lo suyo.
Teresa la animó:
—Tú échale ganas, Jasmina. Y ten cuidado con el tiempo de llamada, que aquí solo nos dejan hablar tres veces al mes y hoy ya usamos dos.
—Sí, tranquila. No te llamaré en un buen rato.
Cuando cortaron la llamada, Jasmina abrió los archivos que había conseguido y localizó el lugar de trabajo de Adam.
La ubicación indicaba que Adam trabajaba a unos treinta kilómetros de ahí. Caminar era imposible.
Como no tenía carro ni cómo moverse, sacó el celular que Chris le había dado para emergencias y marcó su número. Le pidió que la llevara.
Chris pensó que por fin Jasmina lo dejaría en paz un tiempo, pero apenas habían salido del centro de la ciudad cuando el teléfono volvió a sonar. Era ella otra vez.
Chris suspiró, resignado, y contestó. Para Jasmina, Chris no era más que su chofer, ni más ni menos. Ni se molestó en ser amable:
—Ven a buscarme, necesito ir al Edificio N-Lozano.
—¿Ahora? —preguntó Chris.
Jasmina le contestó con otra pregunta, cortante:
—¿Y cuál es el problema?
¿Desde cuándo un perro podía cuestionar a su dueño?
Chris reaccionó rápido:
—No hay problema, vamos para allá.
Colgó y miró a su compañero:
—Enzo, échame una mano...
Pero Enzo ya había entendido todo y le interrumpió con un gesto:
—Ya sé, no te preocupes.
Luego, curioso, preguntó:
—Oye, ¿y esa mujer qué es tuya? ¿Por qué le haces tanto caso?
Chris bajó la mirada y contestó con voz amarga:
—Digamos que me salvó la vida.
Si no hubiera sido por Jasmina, él ni estaría ahí.
Enzo asintió:
—¡Ahora entiendo! Por eso aguantas tanto, compadre.
—Vámonos.
Enzo arrancó de vuelta.
Jasmina miró su reloj. Todavía faltaban unos treinta minutos para que Adam saliera del trabajo. Si lo esperaba en la salida, seguro lo vería.
Media hora no era nada, pero para Jasmina se hizo eterna.
Por fin, casi al terminar el tiempo, reconoció una figura entre la gente.
¡Era Adam!
Sus ojos se iluminaron. Se preparó mentalmente y se acercó a él.
—Cuñado...
Adam levantó la mirada al oír su voz y la reconoció de inmediato. Frunció el ceño, pero apenas se notó.
—¿Qué necesitas? —preguntó él, cortante.
A Jasmina se le humedecieron los ojos en un segundo.
—Cuñado, acabo de llegar a la ciudad y no tengo a dónde ir. No he logrado encontrar a mi prima... Yo...
Adam revisó su reloj, impaciente.
—No tengo mucho tiempo. Si tienes algo que decir, dilo rápido.
Jasmina se quedó helada.
Le había dejado clarísimo que no tenía a dónde ir. ¿De verdad Adam no entendía lo que le estaba pidiendo? ¿No se suponía que debía ofrecerle su casa o por lo menos buscarle dónde quedarse?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...