Para una mujer, la vida le ofrecía dos grandes oportunidades. La primera, de joven: cambiar su destino a través del estudio, crecer y descubrir su propio valor.
Estaba claro que Sue ya había dejado pasar esa primera oportunidad. No había logrado cambiar su destino ni descubrir su valor a través del conocimiento.
La segunda oportunidad era el matrimonio.
Decían que casarse bien era como volver a nacer; que cuando la pareja era la correcta, los dos se volvían uno solo.
Sue ya había perdido la primera oportunidad. Esta era la última.
Trinity deseaba, desde el fondo de su corazón, que Sue pudiera abrir los ojos a tiempo, que no cometiera otro error y terminara hundida en una desgracia sin salida.
Además, Sue era demasiado ingenua; con su candidez no podía competir contra la astucia y la mala leche de los terrícolas.
Si Sue le pedía ayuda, Trinity no dudaría en tenderle la mano.
Al fin y al cabo, era su tía abuela de sangre.
Sue levantó la cabeza para mirar a Trinity. Su mirada era firme, y con voz clara y pausada, le dijo:
—Tía abuela, tranquila. Casarme con Adam es algo de lo que nunca me voy a arrepentir.
Sí.
Nunca se arrepentiría.
Jamás.
Al escuchar esto, la esperanza se fue borrando poco a poco del rostro de Trinity.
Nunca imaginó que Sue pudiera ser tan obstinada.
A esas alturas, todavía insistía con tal seguridad.
—Bueno, si es tu decisión, ya no tengo nada más que decir —dijo Trinity, conteniendo el enojo que le subía desde el fondo del pecho—. Sue, entonces cuídate mucho, y pase lo que pase, aunque te traten mal, no quiero verte regresando a casa a llorar.
Porque era decisión de Sue.
Como adulta, tenía que hacerse responsable de sus elecciones.
Trinity ya le había advertido de mil maneras, pero Sue no escuchaba. ¿Qué más podía hacer?
—Sí, tía abuela. No se preocupe, no le voy a causar problemas —respondió Sue, asintiendo.
La actitud de Sue, tan terca y tranquila, hizo enfadar a Trinity.
Pero en ese momento, aunque estuviera furiosa, no le quedó más que tragar su rabia.
A un costado, Jasmina los observaba con una sonrisa burlona en los ojos.
Pensaba que Sue era tonta, de verdad iba a casarse con Adam, ese terrícola.
¿Y todo por qué? ¿Por ser el hermano de Gabriela Yllescas?
¿Y qué si era el hermano de Yllescas?
—Sue, ahora que te vas a la Tierra, no te olvides de tus primas. Acuérdate de lo que prometiste, ven a visitarnos cada vez que puedas.
Aunque lo decía sonriendo, en el fondo, Teresa esperaba que Sue nunca regresara, que se quedara a vivir y muriera en la Tierra.
—Claro —respondió Sue, asintiendo de nuevo.
Teresa, imitando a Jasmina, abrazó a Sue para mostrar lo mucho que la iba a extrañar.
Alrededor, los invitados conversaban en voz baja, algunos entre risas, otros con cierta lástima.
De lo único que hablaban era de lo tonta que era Sue.
Si no fuera por tonta, ¿quién aceptaría casarse con un terrícola sin nada que ofrecer?
—Sue es tan guapa... Yo pensé que se iba a casar con alguien importante, y mira, terminó con un terrícola.
—La última vez le presenté al hijo de los Lazcano, pero que no, que no tenían nada en común... Puras excusas, la verdad es que no le gustaba porque era bajito. ¡Pero aunque sea bajito, es mucho mejor partido que ese terrícola! ¡Quién entiende lo que piensa esta muchacha!
—En realidad, la culpa es de su abuelo. Si él la hubiera convencido, Sue no estaría en esto.
—Ya verán, tiempo al tiempo. Se va a arrepentir.
—Estas hijas de los Mar sí que son raras, las dos se fijaron en el mismo hombre.
—¿Cómo que las dos? Jasmina nunca estuvo interesada en Adam. Cuentan que cuando el señor Brice Yllescas intentó emparejarlos, Jasmina rechazó a Adam enseguida.
—Eso sí, Jasmina sí que es lista. No se dejó engañar por un patán.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...