Paulina la consoló con suavidad:
—Los sueños siempre son al revés, sabes, seguro que no te va a pasar nada.
—Pauli, ya no le tengo miedo a la muerte, de verdad —abuela Lozano la miró fijamente, con tanta seriedad que Paulina sintió un nudo en la garganta—. Es más, no solo no le tengo miedo, hasta hay una parte de mí que la espera… pero…
En ese momento, la voz de abuela Lozano se quebró y, de pronto, rompió en llanto:
—¡Pero no tengo cara para ver al papá de mis hijos!
De verdad, sentía una vergüenza infinita.
Paulina, con voz bajita, trató de calmarla:
—Ahora ya estás cambiando, abuela, yo sé que el señor mayor te perdonaría.
—Pero… ¡ni yo misma puedo perdonarme! ¡He cometido tantos errores!
Paulina solo pudo suspirar.
Pasó un buen rato llorando hasta que abuela Lozano logró serenarse. Luego miró a Paulina y le dijo:
—Pauli, cuando yo ya no esté, ¿le puedes decir a Gabi que lo siento, que no fui una buena abuela? Si hay otra vida, le juro que la compensaré. Y también dile a Adam…
Paulina le palmeó el hombro:
—Ya lo dijiste antes, abuela: lo que pasó, pasó.
Abuela Lozano sacó entonces una cajita pequeña y se la entregó a Paulina:
—Pauli, este cofrecito es para Gabi. Cuando yo me vaya, tienes que dárselo tú misma.
Paulina no quiso tomarla:
—Ay, no digas eso, tú vas a estar bien. Además, algo así es mejor que se lo entregues tú misma.
—No, prefiero que seas tú —insistió abuela Lozano, empujándole la caja—. Solo así me quedo tranquila.
Y luego suspiró:
—Pauli, ¿no sería maravilloso si uno pudiera volver a empezar la vida?
Si pudiera, corregiría todos los errores del pasado.
Paulina guardó silencio. Ella también deseaba volver atrás, porque si pudiera, jamás habría perdido a su hija ni permitido que Sofía sufriera tanto.
Pero no se podía.
La vida nunca da segundas oportunidades.
Siguieron conversando hasta la medianoche. Solo entonces Paulina regresó a su cuarto.
Sofía, preocupada porque su madre no volvía, salió a buscarla. Justo se cruzaron en la puerta del cuarto de la abuela.
—Mamá.
—Sofi —Paulina la miró y, recordando las palabras de la abuela, se sintió todavía más conmovida.
Como padre, Rodrigo conocía bien a Adam. Si el muchacho traía a su novia a casa, era porque la cosa iba en serio.
A las ocho y media de la mañana, Adam pasó por la casa de Sue.
Sue ya estaba lista, arreglada y un poco nerviosa. Miró a Adam y le preguntó:
—¿Tú crees que le caeré bien a tus papás?
—¿No lo sentiste la vez pasada? —le respondió Adam con una sonrisa.
—Eso fue antes —dijo Sue—. Ahora es diferente, ya no soy solo una invitada, soy tu novia.
A pesar de que ya conocía a Sofía y Rodrigo, y sabía que no eran padres estrictos, igual no podía evitar los nervios.
—¿Y si tus papás no están de acuerdo con que estemos juntos? —le preguntó, preocupada.
Adam se rio:
—Eso no va a pasar.
—¿Ya les dijiste que tu novia soy yo? —insistió Sue.
Adam negó con la cabeza:
—No, quiero darles la sorpresa.
—¡No vaya a ser que el susto sea para todos! —dijo Sue, con una risita nerviosa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...