En la Federación Universal, desde que nacía una persona, le implantaban un chip de memoria. Ese chip, más pequeño que un grano de arroz, funcionaba como una cámara oculta que grababa, día tras día, todo lo que ocurría en los últimos diez años de su vida.
Para Eason, aquello era una vergüenza que le hacía apretar los puños con rabia.
—¿Qué pasó? —preguntó Cervantes.
Eason tragó saliva y respondió con amargura:
—¡Durante la pelea, Adam me destruyó el chip de memoria!
—¿Cómo dices? —Cervantes no pudo disimular la sorpresa.
—¡Te juro, papá, ese Adam no es un don nadie! Si fuera un tipo común, no habría podido vencerme así. Papá, ¡tienes que vengarme! —Eason levantó la voz, casi temblando de impotencia.
Cervantes frunció el ceño, pensativo y silencioso.
Viendo la reacción de su padre, Eason insistió:
—Papá, ¿y cuándo voy a poder salir de aquí?
Aunque Cervantes le había dicho que por ahora no podían sacarlo, Eason tenía la esperanza de que, con el poder que su padre tenía en la Federación Universal, pronto lograría sacarlo de ese agujero.
—Eason, tienes que prepararte mentalmente —dijo Cervantes, mirándolo serio.
Eason sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué quieres decir con eso, papá?
—El tribunal... lo menos que te van a dar son diez años —dijo Cervantes, sin rodeos.
—¿Diez años? —Eason se quedó helado, pálido como un fantasma.
¡Diez años!
¿Cómo podía ser posible?
—¡Papá, no me puedes dejar aquí diez años! ¡Tienes que sacarme! ¡Por favor, papá, sácame de aquí! —Eason rompió en llanto, desesperado. Si en los pocos días que llevaba en el centro de detención ya sentía que no podía más, ¿cómo iba a soportar diez años?
Diez años era una eternidad.
No, no podía ir a la cárcel.
Cervantes suspiró y le soltó una frase dura:
—Si hubieras pensado en esto antes, no estarías aquí. Si no te hubieras metido en líos, no te habrías buscado este problema.
—Papá, te juro que no fue mi culpa, ¡todo fue por culpa de Sue! Esa maldita me provocó. Si no hubiera sido porque ella se me insinuó, ¿tú crees que yo la iba a buscar? Si mujeres no me faltan, papá, ¡por favor! Sácame de aquí, te juro que nunca más lo vuelvo a hacer.
Cervantes mantuvo el rostro frío, sin decir nada.
El tiempo de visita se agotaba y Eason, llorando como un niño, gritó:
—¡Papá, papá! ¡Soy tu hijo, no me dejes aquí! ¡Tienes que ayudarme!
Cervantes solo atinó a decir:
—Por ahora quédate tranquilo, pórtate bien aquí adentro y no busques más problemas. Yo veré qué puedo hacer.
Al escuchar eso, Eason sintió que le devolvían el alma al cuerpo.
—Sí, papá, te lo prometo, haré lo que digas. Por favor, sácame cuanto antes.
En ese momento, sonó un timbre.
La ventanilla de cristal que los separaba se volvió opaca y ya no pudieron verse.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿No te dije que buscaras a Adam? ¿Ya lo atrapaste? —preguntó Cervantes, molesto.
—Todavía no... —el asistente tragó saliva, nervioso.
—¿Entonces qué haces aquí?
—Señor, Adam Lozano... no podemos tocarlo.
¿No podían tocarlo? ¿Por qué no? Solo era un terrícola.
—¿Me estás diciendo cómo hacer mi trabajo? —Cervantes levantó las cejas.
—Jamás, jefe —respondió el asistente, azorado—. Es solo que... Adam tiene un estatus especial...
—¿Especial? ¿Qué, es el hijo del rey o qué? —bufó Cervantes.
Aunque fuera hijo del rey, si se había metido con su hijo, también tendría que pagar. Y Adam, al fin y al cabo, era solo un terrícola.
—Adam es... el hermano de la señorita Yllescas.
—¿La señorita Yllescas? ¿Y eso qué? Aunque sea de los Yllescas... —Cervantes se interrumpió de golpe. Giró hacia el asistente, con el rostro desencajado—. ¿Qué dijiste? ¿Adam es hermano de quién?
—De la señorita Yllescas —repitió el asistente.
A Cervantes se le borró la expresión del rostro; de pronto todo tenía sentido.
¡Con razón!
¡Con razón los Mar se sentían tan seguros!
—¿Es confiable esa información? —preguntó Cervantes, más pálido que nunca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...