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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 899

Después de dejar los binoculares a un lado, Jorge tomó su celular y siguió dando órdenes con voz seca:

—Díganle a esos que están insultando a Eva en redes que no dejen de hacerlo. No quiero que paren.

Hizo una pausa y añadió con tono aún más tajante:

—Consíganse a unos cuantos concursantes, y si Eva se atreve a presentarse, mándenles a darle una lección.

Para él, Eva no era más que una hija ilegítima, sin derecho alguno a ocupar el lugar de Sabrina.

Sabrina era buena, y por ser familia, se contenía. Pero Jorge no pensaba tener esa clase de consideraciones.

No iba a tener piedad.

Estaban en Medellín, y si Eva se atrevía a aparecer en su territorio, le daría una lección que jamás iba a olvidar.

...

Cuando Ulises y Rocío llegaron a la escena, lo primero que vieron fue cómo un grupo rodeaba a Eva, lanzándole de todo: botellas, basura, incluso piedras.

Mientras lanzaban objetos, no paraban de gritar insultos, palabras tan hirientes que cualquiera se habría quebrado solo de escucharlas.

Eva, ya despierta, no volvió a desmayarse. Mantenía la cabeza gacha, el cabello largo cubriéndole la cara, ocultando cualquier emoción. Nadie podía adivinar lo que pasaba por su mente.

Fidel y Nicolás estaban ahí también. Aunque ambos sabían defenderse, Nicolás cargaba a Eva en la espalda y Fidel estaba solo.

El grupo de supuestos “manifestantes” no se acercaba del todo, preferían quedarse a distancia y lanzar cosas.

Fidel, sin atreverse a dejar a Eva sola, apenas podía cubrirla de vez en cuando, pero era inútil.

Ulises, viendo todo aquello, sentía que la rabia le quemaba por dentro.

Avanzó a grandes zancadas, sacó el cuchillo que llevaba en la cintura y, sin dudarlo, lo lanzó directo al tipo que estaba a punto de golpear a Eva.

—¡Ah! —gritó el hombre, viendo cómo la hoja le atravesaba la mano, brotando sangre por todos lados.

El repentino derrame de sangre desató el caos y el miedo entre la multitud.

En los ojos de Ulises brillaba una furia peligrosa.

Se acercó al herido con paso decidido, listo para acabarlo ahí mismo. Pero Fidel, frunciendo el ceño, se adelantó y lo detuvo.

Los ojos de Ulises, inyectados de coraje, se encontraron con los de Fidel. El solo contacto visual le hizo estremecerse.

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