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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 736

Era la primera vez que Thiago visitaba ese lugar, así que no podía evitar mirar todo con curiosidad.

Sabrina le preparó un cuarto a Thiago.

Su apartamento era bastante espacioso; aparte de los cuartos reservados para Daniela Blasco, Romeo y el suyo propio, aún quedaban dos habitaciones vacías.

Cuando terminó de acomodar la habitación, Sabrina notó que Thiago estaba sentado tranquilamente en el sofá de la sala, perdido en sus pensamientos.

Se acercó y le preguntó:

—¿Qué te gustaría cenar? Si quieres, yo preparo algo.

Thiago salió de su ensoñación y respondió:

—Mamá, tu mano sigue lastimada, mejor no cocines. Mejor pidamos algo para cenar.

Al decir esto, de repente recordó algo y le dijo a Sabrina:

—Mamá, la pomada que te regalé no solo ayuda a que no queden marcas, también sirve para bajar la hinchazón y los moretones.

Con muchas ganas de ayudar y demostrar lo que podía, Thiago agregó:

—Mamá, déjame ponerte un poco de pomada.

Sabrina no se negó y sacó del bolso la pomada que Thiago le había dado.

Thiago, recordando las indicaciones que el señor Olivares le había explicado, comenzó a aplicar la pomada en la herida del brazo de Sabrina.

Un aroma suave llenó la habitación, envolviéndolos en una atmósfera tranquila.

Sabrina, que había estudiado medicina natural un tiempo junto a Hernán Castaño, notó enseguida que la pomada era de excelente calidad.

—¿Esto te lo dio tu papá? —preguntó Sabrina, observando la pomada.

Thiago negó con la cabeza.

—No, no fue mi papá. Yo mismo la compré.

Sabrina no dijo nada más, solo lo miró y sonrió.

...

Grupo Carvalho, oficina de la presidencia.

Jorge Olivares le estaba contando a André todo lo que había pasado con Julio Castaño.

André, al escuchar la historia, frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que a Julio lo dejaron sin ropa y lo tiraron en plena calle?

—Así es —respondió Jorge—. Nuestros muchachos solo le dieron una lección, pero parece que había alguien más vigilando a Julio.

André, con sus dedos largos y claros, tamborileó la mesa.

Seguía sintiendo que algo no encajaba, pero no lograba identificar qué era.

De repente, notó que Jorge tenía una herida en el brazo, justo donde la camisa se le había subido.

—¿Te lastimaste, Jorge?

Jorge bajó la manga con despreocupación.

—Nada grave, fue el gato de la casa.

Se puso de pie.

—André, tengo que volver a la compañía, hay asuntos pendientes. Si no necesitas nada más, me retiro.

André asintió en silencio.

Jorge salió, pero no volvió a la empresa, sino que manejó directo hasta su casa en las afueras.

Al llegar, abrió una puerta secreta y entró en una habitación repleta de fotos de Sabrina.

Se remangó la camisa. En su brazo, tenía una herida idéntica a la de Sabrina.

Levantó su brazo, respiró hondo y, con una devoción casi religiosa, besó la herida.

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