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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 730

Pero este asunto ya se había regado por todo el círculo.

Unos decían que había salido del clóset, otros que lo habían ultrajado...

En fin, se decían toda clase de cosas.

Araceli al principio no le daba importancia, pero al escuchar lo que Fabián decía, se quedó helada.

—¿Qué dijiste? ¿Julio fue...?

Fabián, con una expresión de morbo y satisfacción, soltó:

—En ese momento estaba desnudo, lo tiraron en plena avenida y un montón de gente le tomó fotos y videos.

Ahora, sus fotos andan circulando por todos lados.

A mi parecer, la reputación de Julio ya se fue al piso, no tiene salvación.

Los ojos de Araceli titilaron de inquietud.

—¿Eso… lo hizo André?

Fabián asintió con seguridad.

—La última vez, él y Jorge estaban tramando cómo vengarse de Julio, eso lo sabes tú mejor que nadie. Pero jamás pensé que André pudiera ser tan cruel.

De todas formas… a mí me fascina la idea.

Ojalá ese viejo loco de Fidel Castaño también termine igual, con sus fotos desnudo por toda la ciudad.

Así hasta le quitan la oportunidad de ser el heredero.

Araceli también se quedó atónita.

—Esto no suena al estilo de André. No estoy tan segura de que haya sido él.

Fabián reviró:

—Si no fue André, ¿entonces quién? ¿Sabrina? No me lo creo, esa no tiene con qué hacer algo así.

Como Sebastián estaba infiltrado cerca de Sabrina, Araceli sabía perfectamente que no era obra de ella.

Sabrina solo le destrozó los huesos de la mano a Julio, dejándolo con una fractura gravísima.

Y ni siquiera fue Sabrina quien actuó directamente: todo fue tan limpio que nadie pudo acusarla de nada.

Después de un rato, Araceli murmuró:

—André sí se pasó de cruel…

Para un hombre, sufrir algo así era peor que la muerte.

—Tu mano todavía está mal, no deberías estar tomando —le dijo Fidel, serio.

Julio soltó una risa amarga.

—Ya estoy medio inútil. Si la mano quedó inservible, pues ni modo.

Fidel replicó:

—Ya silencié todas las noticias. Y los que tienen boca grande, también fueron callados.

De ahora en adelante, nadie se atreverá a comentar eso en tu cara.

Julio bebió otro trago, tambaleante y con la voz pastosa.

—Sí, nadie lo hablará de frente. Solo lo harán a mis espaldas...

Fidel no supo cómo consolarlo. Tras un momento de silencio, preguntó:

—¿A quién crees que hizo esto?

Julio dejó la botella y en sus ojos pasó un destello venenoso, como de serpiente.

Escupió las palabras con frialdad:

—¡Sabrina!

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