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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 672

André parpadeó con cierta inquietud, pero pronto recordó lo sucedido.

—Ya te lo dije, esa cosa no la hice yo...

Sabrina le respondió con una media sonrisa, cargada de ironía.

—¿Y si no fuiste tú, por qué no lo dijiste desde el principio? ¿Por qué tenías que esperar a que yo te entregara el estudio para venir con explicaciones?

André se quedó callado.

A decir verdad, la compensación que le había dado a Sabrina no era poca cosa.

Pero ambos sabían perfectamente que, de no haber pasado el accidente con Marcelo, Sabrina jamás habría soltado el estudio.

Así que ahora, al escuchar la conversación entre André y Sebastián, no era raro que Sabrina pensara que André andaba con alguna otra jugada bajo la manga.

Sebastián, al escuchar todo esto, arqueó las cejas apenas un poco.

Luego, bajó la mirada, sus pestañas largas proyectando una sombra sobre sus mejillas.

—Yo tampoco entiendo cómo hice enojar al señor Carvalho —dijo con voz suave—. Él anda diciendo por ahí que, como trabajo contigo de asistente, seguro tengo malas intenciones.

Pausó un segundo, y siguió, con una mueca resignada:

—Hasta ha dicho que me valgo de mi apariencia para sacarle dinero a las mujeres.

Hizo una pausa, miró a Sabrina y añadió:

—Señorita Ibáñez, sé que estos días solo le he traído problemas. Si al señor Carvalho no le agrada mi presencia, mejor me hago a un lado y dejo de incomodarla.

Levantó la cabeza, miró a André de reojo y, como si dudara, agregó en voz baja:

—Ya casi viene el concierto de la señorita Ibáñez… Mejor no metamos más líos.

La mirada de André, aguda como la de un halcón, se clavó en Sebastián. Parecía que sus ojos podían cortar el aire de lo filosos.

—Tus trucos para crear discordia no son nada del otro mundo.

En el fondo, por supuesto entendía que este tipo lo hacía a propósito: estaba insinuando, frente a Sabrina, que podía armarle algún desastre en el concierto.

Si él lo había captado, Sabrina también.

Ella, impasible, contestó:

—No creo que Hache haya dicho nada fuera de lugar. Si lo hiciste una vez, eres capaz de hacerlo otra. Pero esta vez no pienso dejarme chantajear de nuevo.

—Hache, si ya no hay nada más que hablar, ¿vamos saliendo?

No era de las que se humillaban pidiendo disculpas. Sabía que André, con su aire de superioridad, jamás se rebajaría a pedir perdón.

Ni ganas tenía de darle más importancia.

Hache tampoco quiso alargar el asunto. Asintió con una breve inclinación.

—Claro.

Ambos salieron juntos, dejando a André atrás.

André los vio alejarse, con el ceño fruncido.

—Sabrina.

Pero ella ni se inmutó, ni bajó el ritmo de sus pasos. No pensaba escucharle ni una palabra más.

La voz de André, clara y cortante, la alcanzó desde atrás.

—Sabrina, te vas a arrepentir.

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