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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 653

Fidel no quiso seguir discutiendo con Hernán.

—Si no tienes nada más que decir, voy a colgar. No está bien estar en una cita y seguir pegado al teléfono.

Al escucharlo tan decidido, Hernán entendió que insistir era inútil, así que solo colgó.

Apenas terminó la llamada, Fidel dirigió la mirada hacia Sabrina.

—Señorita Ibáñez, ¿quiere pedir la comida o seguimos platicando?

Seguir platicando solo sería lanzarse indirectas y burlas, una batalla de palabras que a Sabrina no le interesaba.

—Mejor pidamos —soltó ella, sin ganas de perder tiempo.

Primero había que comer algo; lo verdaderamente interesante apenas iba a empezar.

Luego de pedir, el celular de Sabrina vibró discretamente. Lo sacó y vio un mensaje de Hache.

[Estoy justo frente a ti.]

Sus pestañas temblaron un poco, pero no dejó ver ninguna emoción y miró de reojo hacia adelante. Efectivamente, Hache estaba en la esquina, justo al frente. Cuando notó la mirada de Sabrina, le hizo una pequeña seña con la mano. Ella, impasible, volvió la vista a la mesa.

Así que Hache sí había venido.

Era un restaurante, y Fidel había aceptado verla por petición de Hernán Castaño. En teoría, no había forma de que intentara hacerle algo ahí.

Los platos no tardaron en llegar. Un mesero elegante sirvió la comida con rapidez.

Entre Sabrina y Fidel reinaba el silencio. No tenían nada en común, ni una sola palabra que valiera la pena. Comieron en paz, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Cuando Sabrina ya había terminado casi todo, mandó un mensaje rápido y sigiloso.

...

No había pasado mucho cuando una mujer entró hecha una fiera, avanzando directo hacia la mesa de Sabrina y Fidel. Sin dudarlo, apuntó a Fidel y empezó a gritar:

—Ay, Jorge, es casi lo mismo —reviró Fabián, encogiéndose de hombros.

Mientras conversaban, la mujer tomó un vaso de la mesa y le arrojó el jugo directo a la cara a Fidel.

—¡Desagradecido! Yo estuve contigo cuando nadie te conocía, y ahora que tienes éxito ¿me quieres dejar tirada? ¿No te da vergüenza? ¿No te pesa la conciencia?

Fidel, que siempre había sido un tipo orgulloso, jamás se había visto en una situación así: una mujer gritándole en la cara delante de todos.

El jugo pegajoso le chorreaba por la cara y caía sobre su camisa blanca, dejándolo hecho un desastre. Ni siquiera el día que Sabrina le tiró agua en la subasta había terminado tan mal parado.

En sus ojos se acumulaba una tormenta de rabia. Su voz, dura y contenida, salió como si la estuviera masticando con los dientes apretados.

—Te juro que te vas a arrepentir —espetó, poniéndose de pie poco a poco.

Pero la mujer, lejos de asustarse, levantó la voz aún más...

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