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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 2148

Chiara ya había tomado una decisión: no diría absolutamente nada sobre Sabrina.

Así evitaría que Sebastián le sacara información y que la jugada le saliera mal.

Si ni siquiera podía con Sabrina, mucho menos iba a poder con Sebastián.

La puerta de la habitación se cerró lentamente, aislando todos los sonidos del exterior.

Sebastián le indicó a Chiara:

—Señorita Castaño, tome asiento un momento. Hablaremos en cuanto termine esta partida.

Ella se sentó en el sofá de al lado.

—De acuerdo.

Sebastián tomó su celular y retomó el juego.

Pasó media hora. Chiara ya había ensayado en su mente todo lo que diría, solo esperando el momento para enfrentarse a las preguntas de Sebastián.

Sin embargo, él no daba señales de querer parar.

Chiara empezó a desesperarse en el asiento.

Había pensado que él intentaría tenderle una trampa.

Pero resulta que desde que entraron él solo se había puesto a jugar.

¿Qué pretendía este hombre?

¿La estaba ignorando a propósito?

Chiara no paraba de quejarse en silencio, pero no se atrevía a abrir la boca para apresurarlo.

Hasta que Eva, que esperaba afuera, finalmente dio unos ligeros golpes a la puerta.

—Sebas, Chiara, ¿ya terminaron de hablar?

Al escuchar a Eva, Sebastián levantó la vista.

Se dirigió a Chiara:

—Ya que Eva está impaciente, será mejor que salga, señorita Castaño.

Chiara se quedó perpleja.

—¿No tenías algo que hablar a solas conmigo? ¿Ya no vamos a hablar?

Sebastián respondió con naturalidad:

—Es cierto que hace un rato quería hacerle algunas preguntas, pero después de jugar unas partidas se me olvidó qué era.

Lamento haberle hecho perder el tiempo, señorita Castaño.

Chiara: *«¿Qué?»*

La mente de Chiara estaba llena de interrogantes. De verdad no entendía qué juego se traía Sebastián.

Afuera, Eva, al no recibir respuesta de ninguno, volvió a tocar la puerta.

—Sebas, Chiara, ¿están bien?

Sebastián le contestó mirando hacia la puerta:

—Señorita Ramos, puede pasar. Ya terminamos.

Al escuchar eso, Eva abrió la puerta apresuradamente y entró.

Disimuladamente, escudriñó las expresiones de los dos.

En el rostro de Sebastián seguía sin asomarse emoción alguna, pero la cara de Chiara reflejaba una gran extrañeza.

Eva no aguantó la curiosidad y preguntó:

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