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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1827

Ricardo se dio cuenta de que había hablado de más y se corrigió rápido:

—Me equivoqué... Seguro es de alguien más.

Sebastián cerró los ojos y su rostro reflejó un cansancio abrumador. Con voz apagada, como si su mente hubiera recuperado un poco de claridad, ordenó:

—Mándenlo al laboratorio.

Ricardo por fin soltó un suspiro de alivio, aunque el estado en el que se encontraba su jefe lo tenía muy preocupado.

Sebastián siempre había sido sensato y calculador. Podía manejar la peor de las crisis con total frialdad, pero verlo así ahora le daba terror.

Mientras Ricardo dudaba si quedarse o no, Sebastián volvió a hablar con voz ronca:

—Acompáñalos. No te despegues ni un segundo de las pruebas. Diles a los guardias de afuera que no bajen la guardia; no quiero que nadie manipule nada.

Estas instrucciones tan claras tranquilizaron un poco a Ricardo.

—Sí, ahorita mismo me encargo.

Sebastián abrió los ojos y le clavó una mirada penetrante.

—En cuanto tengan los resultados, avísame.

—Entendido —respondió Ricardo, haciendo de tripas corazón.

***

Unas horas después, salieron los resultados. Ricardo había estado supervisando todo el proceso.

—Ricardo... —El doctor lo miró con expresión grave—. Ya tenemos los resultados.

Ricardo lo encaró:

—¿Cuál es el veredicto?

El doctor agachó la cabeza.

—Es la señorita Ibáñez.

Ricardo se quedó pasmado por un momento. Negándose a creerlo, preguntó:

—¿Estás seguro?

***

En el lugar del funeral, seguían sacando más cuerpos carbonizados. La escena era una auténtica masacre.

Ricardo le dio la noticia:

—Señor Fonseca, los análisis del doctor... confirmaron que es la señorita Ibáñez... —Su voz sonaba temblorosa y ni siquiera se atrevía a mirarlo a la cara.

Sebastián había volteado el lugar de cabeza y seguía sin encontrar a Sabrina. Se quedó paralizado como una estatua, mirando a Ricardo sin ninguna expresión.

Al ver que no le respondía, Ricardo levantó la vista. Sebastián parecía un cascarón vacío, un títere sin alma; no mostraba ni una pizca de emoción.

—Señor Fonseca... —Ricardo empezó a alterarse.

A veces, la calma era lo más aterrador. Prefería que Sebastián perdiera los estribos y empezara a romper todo, en lugar de verlo así. Era la calma antes de la tormenta, y nadie sabía de qué tamaño sería la catástrofe que estaba por llegar.

Sebastián seguía en shock, sin reaccionar.

—Señor Fonseca... —Ricardo apretó los dientes y soltó lo que le rondaba por la cabeza, aunque no tuviera pruebas—. Me late que hay gato encerrado en todo esto.

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