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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1342

Dicho esto, y sin esperar la respuesta de André, Sabrina se dio la vuelta y salió de la habitación.

Hubo un tiempo en que Thiago era su todo, pero aparte de perderse a sí misma, no parecía haber ganado nada.

Construyó una cárcel con el amor como barrotes y se encerró en su pequeño mundo.

Depositó todas sus esperanzas en Thiago.

Pero el pequeño Thiago no pudo soportar el peso de un afecto tan abrumador.

Se sentía agobiado, asfixiado, sin poder respirar.

En realidad, desde el momento en que un hijo nace, comienza un proceso de separación gradual.

Nunca es el hijo el que no puede vivir sin la madre, sino la madre la que no puede vivir sin el hijo.

Al salir de aquella cárcel, Sabrina por fin empezaba a comprenderlo.

***

De vuelta en el hospital, cuando Sabrina estaba a punto de tocar la puerta, escuchó la conversación entre Joseph y Sebastián.

—El oso de peluche de Jorge efectivamente tenía algo raro —decía Joseph—. Llevaba un dispositivo de escucha oculto, pero el mecanismo era increíblemente ingenioso y tenía un sistema de autodestrucción. Si no fuera por un experto, habría sido muy difícil recuperarlo.

Por eso Joseph había tardado tanto en descubrirlo.

—Entiendo —dijo Sebastián tras un momento de silencio.

—¿Quiere que le informe a la señorita Ibáñez? —preguntó Joseph, vacilante.

Jorge era un hombre demasiado siniestro.

Incluso Sebastián había sufrido varios reveses por su culpa.

Y esta vez, por poco muere a manos de Fontaine por su causa.

Si no fuera por consideración a Sabrina, Sebastián no habría permitido que alguien como él anduviera suelto por tanto tiempo.

Sebastián estaba a punto de responder cuando frunció ligeramente el ceño y miró hacia la puerta.

Joseph entendió la señal, se acercó y abrió.

Al ver a Sabrina de pie en el umbral, la saludó con amabilidad.

—Señorita Ibáñez, ¿ya regresó?

—¿Ya despertó Hache? —preguntó Sabrina al entrar.

—Sí, acaba de despertar hace un momento —respondió Joseph con una sonrisa.

Aunque Jorge la había ayudado, para Sebastián era el hombre que casi lo mata.

Además, la bala extraída de la pierna de Sebastián era del mismo calibre que la pistola de Jorge.

—Te daré una explicación… —empezó a decir Sabrina.

Sin embargo, antes de que pudiera terminar, Sebastián la interrumpió con calma.

—Sabrina, si decido no seguir con este asunto, ¿considerarías que ya no le debes nada?

Sabrina comprendió al instante lo que quería decir.

—Yo soy yo, y tú eres tú —se negó instintivamente—. Tú no le debes nada. No puedo usar tu indulgencia para saldar mi deuda con él.

—Pero yo quiero hacerlo —insistió Sebastián.

Sabrina se quedó perpleja.

—Si con mi indulgencia puedo saldar tu deuda con Jorge, lo haré con gusto —continuó él—. Así, ya no tendrás que sentirte en deuda con él nunca más.

—Pero eso sería injusto para ti.

—En este mundo no existe la justicia pura. Si yo considero que es justo, entonces lo es.

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