César se sorprendió al verla: "¿Zulema, tú también viniste a la exposición de joyas?".
"Sí, ¿ya se te olvidó que soy diseñadora de joyas de 'Malavillamor'?".
"Claro, ya lo recuerdo", asintió César. "Eres una profesional, una exhibición tan importante, claro que tendrías que asistir".
Zulema preguntó: "¿A ti también te gustan las joyas?".
"Es mi prometida la que tiene gusto por ellas", César le respondió. "Ella quería venir, así que la acompañé".
"Ya veo, el señor Linde es todo un caballero".
César sonrió: "Con el trabajo apenas tengo tiempo para ella. Pero es comprensiva y no me reclama mucho por eso, se preocupa por mí y yo intento ser detallista".
"Qué bien, les deseo un amor eterno y duradero". Aunque, la persona que ocupaba el corazón de César, quizás nunca volvería, esa niña pequeña viviría para siempre en su memoria.
"Gracias", le dijo César.
Zulema miró alrededor, vio que no había nadie y bajó la voz: "Señor Linde, iré al grano, hay algo en lo que necesito tu ayuda".
"Siempre quise poder ayudarte de verdad, y ahora, por fin has hablado. Dime, Zulema".
Ella se acercó un par de pasos a él, hablando en un susurro apenas audible: "Estoy embarazada, de gemelos. Roque no quiere divorciarse y no me queda otra que irme de Orilla con los niños y con mi familia, lejos de él". En esas palabras breves, había mucha información.
¿Embarazada? ¿Gemelos? ¿Divorcio? ¿Irse?
La voz de Zulema era suave y rápida: "Roque no me dejará ir fácilmente, tengo que escapar en secreto. Pero ya sabes, sola no tengo cómo, sin salir de Orilla me encontraría. Necesito tu ayuda".
"¿Piensas irte de Orilla para siempre, sin volver?".
"Así es, y que Roque nunca nos encuentre".
César frunció el ceño, pensando rápidamente en una solución y dijo: "Es complicado, pero podemos planearlo con calma. Orilla está llena de gente de Roque, no será fácil engañarlos".
"Pero una vez fuera de Orilla, lejos, estaríamos fuera de su alcance", dijo ella.
César asintió: "Entiendo lo que quieres decir, tú...", no terminó la frase cuando una voz femenina resonó desde el otro extremo del pasillo: "¿Cesi? ¿Eres tú?".
César y Zulema levantaron la vista al mismo tiempo, y la mujer del vestido morado los miraba confundida: "Eres tú, no me equivoqué. Cesi, ¿qué haces aquí?".
Zulema retrocedió rápidamente, poniendo distancia entre ellos, ellos dos habían estado tan involucrados en su conversación que olvidaron las apariencias.
"Vine al baño", le contestó César. "Justo me encontré con una amiga y nos pusimos a charlar".

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