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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 151

MILO

Avanzó los últimos metros por el camino arbolado que conducía a la lujosa mansión familiar en pleno corazón de Beverly Hills. La casa refulgía como una joya en su blanca elegancia, orlada por la miríada de bajorrelieves austeros que le daban carácter y prestancia. Cómo era habitual cada domingo, la familia se reunía impulsada por la batuta de su madre, a quien le gustaba juntar a todos sus hijos en un ritual que se había vuelto aún más cerrado luego de la muerte de su padre, hacía de eso cinco años. No había excusa que eximiera a ninguno de los cinco si estaban en la ciudad, y eso era más que habitual en él, salvo las contadas ocasiones en que viajaba por negocios. No es que a Milo le disgustara esta reunión, por el contrario, la consideraba su tiempo de desconexión con el exigente mundo en el que se movía. Estar con sus hermanos era retrotraerse en el tiempo, pues las pullas y burlas no habían cambiado mucho desde que eran niños y aún discutían y peleaban por lo más tonto. Eran hombres, con vidas independientes, para bien o para mal, pero conservaban el cariño y el instinto de protección con el que se habían acostumbrados desde pequeños para defenderse del destrato y violencia física y verbal de su progenitor. Ese sentimiento era en particular fiero para con Violet, la más pequeña. Y como el mayor que era se había acostumbrado a mantener un ojo atento en los suyos, expectante a sus novedades y sus inquietudes. Como el bastardo controlador que era, a decir de Kaleb. Como si este no fuera igual aparcó justo al lado de los vehículos de Jace y Kaleb, extrañado de que este último estuviera allí temprano. Viernes y sábados solía dormir hasta entrada la mañana para descansar de su cacería nocturna, que le llevaba por sos clubes en onda, en procura de quien calentara su cama. Claro que los domingos era infaltable en la mansión Monahan, único reducto donde se sentía en casa, como él.

El único que no estaría era Aidan, como siempre en viaje por el mundo en alguna de esas aventuras deportivas de alto riesgo que tanto lo desafiaban y alejaban. Aidan y Violet, los más pequeños y quienes más preocupaban a Milo. Temía escuchar alguna vez que su tozudo y alocado hermano se hubiera roto la crisma en alguna montaña nevada perdida del mundo. Violet era su pequeña. La había protegido siempre y tenía especial cuidado de que se sintiera feliz y contenida, que pudiera crecer para olvidar el dolor de su niñez.

Suspiró, mientras descendía y cerraba la portezuela de su deportivo. Cada domingo lo mismo, sentirse en casa, pero también la espina de recordar un pasado de privaciones emocionales y violencia. Se recompuso y elevó sus hombros, para ingresar. El saludo y la voz de Violet desde un costado del jardín le detuvieron y su boca se distendió en una sonrisa cariñosa.

—¡Milo, espera por mí, hermanito!

Traía consigo un ramo de flores con las que imponer un toque más cálido a las mesas habitualmente aristocráticas que su madre solía presidir. A su hermana le gustaba lo sencillo y más austero, en especial lo natural. Así se vestía y funcionaba, siempre al borde de sacar a su madre de quicio.

—¡Hermanita, estás radiante!

Le dio un beso en la mejilla y la tomó por la cintura para subir con ella las escaleras que conducían al salón central, escuchando las voces que daban cuenta de que el aperitivo había comenzado temprano. Milo no pudo evitar el gesto de fastidio al notar que no estaban solos. Su madre, porfiada y calculadora como era, no había tenido mejor idea que invitar a Melody al almuerzo de la familia.

Era una afrenta y un gesto de descuido de su parte, uno que le fastidió de manera particular. Traer a esa chica a una instancia íntima era demasiado. Una cosa es que no tuviera problema en tener sexo en su apartamento de tanto en tanto, algo casual. Que se la quisieran imponer por fórceps era mucho. La rubia pasó de su gesto serio, probablemente sin considerarlo, así de liviana era. Le sonrió con artificio, y se meció para alcanzarlo, seguida por la mirada desinhibida y voraz de Kaleb, que sonrió a Milo con sorna. Sabía lo que este sentía.

Enfundada en un vestido más propio de una celebración de alfombra roja que de un domingo, Melody se acercó a él dejando que sus senos lo rozaran al darle un beso en la mejilla. Era tan cruda en su exhibicionismo y tácticas que no entendía cómo su madre la consideraba un buen partido. Ah, Sí, los millones y millones de su padre justificaban y perdonaban su pose de zorra. Contuvo la acidez de su juicio, molesto con ella sin razones reales, y compuso el gesto a pesar del fastidio. Podía fingir, pero no daría cabida a esta niñata acostumbrada a tener lo que quería.

—Madre—tomó la mano extendida y la besó.

No solía aceptar con gusto los besos en la mejilla, estropeaban su maquillaje. Lo habían aprendido desde pequeños.

—Querido, te ves algo cansado.

—Normal, trabaja tanto para el bien de todos—la voz de Melody, nasal y molesta, se hizo oír.

—Tan cierto. Hijo, no deberías dedicar tantas horas…

—Estoy bien—cortó de plano la habitual perorata con la que su madre pretendía mostrar algo de interés en el rol materno.

—Trabaja demasiado, pero así son los excelentes resultados que obtiene—la voz chillona de Melody se hizo sentir, otra vez.

—Si, nuestro hermanito es un dechado de virtudes. Necesita una mano femenina que lo sostenga—el tono irónico de Kaleb lo pinchó e hizo que lo mirara con advertencia implícita en sus ojos. Esperaba que se comportara y no iniciara una de sus habituales discusiones. Le encantaba sacar de quicio a su madre con su vocabulario, además de poner a Jace de malas, tanto como a él.

—Iré a saludar a Beatrice— indicó, pasando por alto el gesto fastidiado de su madre.

Beatrice era el ama de llaves, una institución dentro de la casa y algo así como el alma de esa mansión pomposa. Era la mujer que en realidad les había criado, brindándoles amor y contención cuando las largas ausencias de sus padres, siempre en viajes de negocios o placer, se hacían sentir en la vida de los cinco hermanos. La que curó sus raspones, enjugó sus lágrimas, escuchó sus maldiciones y les abrigó cuando la violencia se hacía dura y marcaba a todos. ¿Qué hubiera sido de ellos sin Beatrice? No soportaba pensarlo. La encontró en la cocina, su reducto, cuidando el punto de los alimentos y dando instrucciones al personal con la voz y trato cálido que la caracterizaban.

—Beatrice—llamó su atención y ella distendió su boca en una sonrisa amorosa, extendiendo sus brazos. Había sido una mujer hermosa y a pesar de la edad conservaba la voluptuosidad de sus caderas y la amplitud en sus senos. Apretada a su pecho, cuando niño, había llorado y maldecido, había contado sus humillaciones y despechos. En su oído atento había desgranado sus sueños y ambiciones. Ella había actuado del mismo modo con todos y era adorada sin límites por los cinco.

Hoy era la que cuidaba y trataba de orientar y ayudar a Violet, la única mujer y por ello, a juicio de Milo, la más indefensa. Su madre todavía seguía demasiado imbuida en su vida social como para preocuparse de los suyos de manera profunda. No había considerado jamás que sus hijos la necesitaran, que su niña podría tener preguntas, miedos, desafíos. Para ella, Beatrice había sido la empleada ideal, aunque la detestara, en el fondo, con sentimientos que Milo no podía entender.

Su madre no era una mala mujer, pero Milo pensaba que no había sido feliz y eso la había amargado y vuelto egoísta e incapaz de amar de verdad. Ninguno de ellos había sido feliz a la sombra de un padre obsesionado con su trabajo y la perfección, que castigaba sin control el error y que no tenía tiempo para la familia. Un hombre que veía en su esposa un adorno bello y un vientre para procrear la estirpe. Solo así se podía entender que hubiera tenido cinco críos.

—Estas ojeras bajo tus ojos demuestran que duermes poco, mi niño. Mucho trabajo y poca vida real no es bueno, Milo—le dijo con cariño, acariciando su mejilla.

—Descanso poco, es verdad—solo a ella podía reconocerle su cansancio.

—Escuché del éxito de tu último negocio. Tu madre estaba exultante ante tanto despliegue de glamour y poder en la fiesta del viernes—Él rodó sus ojos y ella sonrió—. Debes tomarte tiempo y restablecerte. ¿Sigues solo?—le preguntó en tono más bajo mientras tomaba su brazo y se dirigían al jardín.

—Así es.

—Muchacho, necesitas a una mujer que te quiera a tu lado, una que te mime como te mereces. Una mujer de verdad, no ese patético saco de huesos que invitó hoy tu madre.

La voz y la expresión seca hicieron ver la profunda desaprobación hacia Melody.

—Es una mujer bella—terció Milo, sin convencimiento.

—Y vacía. Un envase vacío. Tan triste. Lo peor es que tu madre está empeñada en metértela por los ojos—el rictus de su boca mostró a las claras lo que opinaba sobre las elecciones de su madre.

—No me interesa. Deberías saberlo—sonrió.

—Lo sé, pero a veces la soledad y el cansancio son malos consejmadre Tienes que divertirte más, disfrutar de la vida. Llevas demasiada responsabilidad sobre tus espaldas, casi como si te castigaras. Sé que los negocios son importantes, pero si los haces el foco de tu vida siempre habrá otros, más grandes, otros que no puedes dejar pasar. Y cuando quieras pensar, estarás viejo.

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