Todos los presentes se giraron hacia la entrada y vieron a Adrián llegar no solo con su hijo, sino también con su esposa. La sonrisa de Jazmín se congeló en su rostro. Se levantó de inmediato y se acercó a saludarlos.
—Prima, Fer, ¿qué hacen aquí? —preguntó con una estudiada naturalidad, como si la presencia de Selena fuera inapropiada.
Selena, con el rostro impasible, la ignoró. Jazmín, avergonzada, se sonrojó y retrocedió un paso. Miró a sus amigos y forzó una sonrisa.
—Señora Rojas, no hay por qué ser tan fría. Jazmín solo quería saludarla —intervino Federico.
Selena lo ignoró también y buscó un asiento.
—Adrián, mira... —dijo Federico, esperando que él, como marido, pusiera en su sitio a su esposa.
—No es la primera vez que la ves así. Ya estoy acostumbrado —respondió Adrián con indiferencia.
Federico y Jazmín intercambiaron una mirada. Si ni siquiera Adrián quería controlarla, Selena estaba cavando su propia tumba.
—¿Quieres algo de beber? —le preguntó Leandro a Selena, ofreciéndole un vaso de zumo.
—Gracias, Leandro —respondió ella, aceptándolo.
Adrián, que acababa de decir que estaba acostumbrado a la frialdad de Selena, sintió una punzada de ira al verla sonreír a Leandro.
El ambiente, antes relajado y cordial, se volvió tenso y pesado con la llegada de Selena. Jazmín ya no bromeaba con los demás; se sentó en el sofá, con una elegancia estudiada. Federico y Sergio se sentaron a su lado y hablaron de la carrera. Selena, que ya no prestaba atención a la competición, miraba de vez en cuando a su hijo y luego a su celular. Adrián y Leandro estaban con Fer, entreteniéndolo.
Ya era tarde y Fer, aunque quería quedarse, se frotaba los ojos, vencido por el sueño.
—Papá, tengo sueño.
Selena se acercó, lo tomó en brazos y dijo:
—Me lo llevo a casa.
—Los acompaño —dijo Adrián.
Durante el trayecto de vuelta, el silencio reinaba en el carro. Leandro, por el retrovisor, observó la expresión abatida de Selena. Estaba claro que le afectaba.
—Si quieres preguntar algo, puedo decírtelo —dijo, rompiendo el silencio.
—¿Sientes lástima por mí, Leandro? —respondió Selena con amargura.
—No, solo me duele verte así —negó él.
Selena sintió un nudo en la garganta. La lástima la habría hecho más fuerte, pero la compasión era como un golpe que destrozaba sus defensas, dejándola vulnerable.
—Ya no quiero saber nada de él —dijo, mirando el rostro dormido de su hijo y reprimiendo sus emociones.
—Adrián se ha pasado de la raya —dijo Leandro en voz baja—. Si de verdad quiere jugar, debería hacerlo como un hombre soltero, no hiriendo a otra persona mientras sigue casado.
—Ya no puede hacerme daño. El acta de matrimonio son solo dos papeles sin valor. Él siempre ha sido libre —dijo Selena con indiferencia.

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