Apretó los labios, pisó el acelerador y se lanzó en pos del carro de Selena, que ya había desaparecido en la distancia.
Selena llegó al restaurante, subió con su hijo en brazos y, al llegar a la puerta del reservado, escuchó las voces de la bisabuela y de Jazmín.
—Qué coincidencia, ¿su empresa tiene una cena aquí? —preguntaba la anciana con una sonrisa.
—Sí. Últimamente hemos estado bajo mucha presión en el trabajo, así que mi padre nos invita a cenar todos los viernes para relajarnos y aliviar el estrés —respondía Jazmín con dulzura y educación.
—Tu padre es un jefe con una gran visión. Así es como se retiene el talento —la elogió la anciana.
—Sí, mi padre siempre dice que hay que buscar la excelencia en el trabajo y ser generoso y tolerante en el trato con los demás —asintió Jazmín.
—Con un padre tan excepcional, no es de extrañar que haya educado a una hija tan brillante. ¡Qué gran ejemplo de familia! —dijo la anciana, cada vez más encantada.
Selena, con Fer en brazos, sintió una oleada de frialdad.
—¿Por qué no entras? —preguntó Adrián, que acababa de subir y los había visto parados en la puerta.
Solo entonces Selena entró.
—Prima, ¡qué sorpresa! —exclamó Jazmín, levantándose al ver a Selena. Se notaba que fingía—. Hoy es el cumpleaños de Fer. Qué casualidad, yo estoy cenando en el reservado de al lado. Le he traído un pequeño regalo, espero que lo aceptes.
Dicho esto, se acercó para tomar la manita de Fer.
—¡Felicidades, pequeño! ¡Que crezcas sano y fuerte!
Selena sintió una oleada de rabia. La actuación de Jazmín era impecable, pero repugnante.
La bisabuela abrió la caja que Jazmín le había dado. Dentro había un candado de la suerte de oro.
—¡Feliz cumpleaños, Fer! Tu tía te ha traído un regalo —dijo Renata, y le hizo una seña a su marido, Pedro Rojas.
Pedro se apresuró a dejar varios paquetes en una mesa cercana.
—Hermano, cuñada, esto es de parte de Renata y mía para el niño. No es gran cosa, pero lo que cuenta es el cariño.
—Gracias por el detalle. Siéntense —asintió Adrián.
Los regalos de Úrsula y la bisabuela, en cambio, eran de otro calibre. Úrsula le regaló una propiedad a su nombre y la bisabuela, cinco millones, que ingresó directamente en un fondo de educación.
Renata observaba en silencio, sin atreverse a decir nada, pero por dentro, las expectativas crecían. Si por el cumpleaños del hijo de Selena, su suegra regalaba una propiedad, ¿qué regalaría por el cumpleaños de sus mellizos? ¿Dos propiedades? La idea la llenaba de ilusión.
La cena de cumpleaños transcurrió en un ambiente agradable. Fer, con sus tres años, era cada vez más espabilado. Cuando la bisabuela, en broma, le preguntó qué deseo había pedido al soplar las velas, el pequeño extendió su manita hacia Selena.

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