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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 127

—Qué coincidencia. Gracias —dijo Selena, agradecida, y subió al asiento trasero.

Apenas el carro de Leandro se alejó, un Porsche negro encendió sus luces, rasgando la oscuridad. En la penumbra, unos ojos atractivos no podían ocultar un dejo de decepción. Yago dio la vuelta y se dirigió en la dirección opuesta.

...

Durante el trayecto, Leandro notó que Selena parecía desanimada, con un rastro de cansancio en su rostro pálido.

—¿Ambos han decidido mantener su matrimonio en secreto? —preguntó en voz baja.

—Sí. Somos adultos, queremos mantener las apariencias —respondió Selena con amargura.

—Lo de él y Jazmín... —Leandro vaciló—. Jazmín no debería comportarse de esa manera. Se supone que es una dama de buena familia, y robarle el marido a su propia prima no es nada honorable.

—En el amor no hay turnos —dijo Selena, bajando la mirada con autodesprecio—. Ya no me importa.

Leandro la miró de reojo. Se notaba que estaba triste y dolida, pero resignada.

—Lo quieres, ¿verdad? —le preguntó.

—Ya no —respondió Selena con firmeza—. El amor es pasajero. Cuando te das cuenta de que no vale la pena, lo más inteligente es cortar por lo sano.

—Si fuera tan fácil cortar por lo sano en el amor, los poetas no le dedicarían tantas palabras hermosas —rio Leandro.

El rostro de Selena palideció. Se sentía como si la hubieran descubierto tratando de engañarse a sí misma.

Selena observó cómo su carro se alejaba y luego abrió la puerta del patio. Atravesó el jardín y entró en la sala. Las luces ya estaban apagadas. Patricia bajó las escaleras al oírla llegar.

—Tía, ¿Fer ya está dormido? —preguntó Selena en voz baja.

—Se durmió a las nueve y media —respondió Patricia, con el corazón encogido al ver a su sobrina llegar tan tarde del trabajo—. ¿Tienes hambre? Te guardé algo de comer.

—No, gracias, ya comí. Ve a descansar —dijo Selena suavemente.

Patricia vaciló. Quería encontrar el momento adecuado para hablar con Selena de lo que le había dicho Úrsula, pero ahora era muy tarde y se la veía agotada. ¿Cómo iba a poder clavarle esa daga en el corazón cuando estaba tan cansada?

Selena se duchó y se acostó. Al ver a su hijo dormir plácidamente, todo el cansancio del día se desvaneció. Se acurrucó a su lado. El pequeño, como si sintiera su calor, se dio la vuelta y se aferró a su ropa, acurrucándose en el abrazo de su madre. Selena sintió una oleada de ternura y, abrazando a su hijo, se quedó dormida.

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