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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 95

Mariano empujó la puerta de la habitación del hospital y se encontró con una escena desgarradora.

Sin pensarlo, se acercó y envolvió a Begoña, rota de dolor, entre sus brazos. Le susurró al oído, intentando tranquilizarla:

—Amor, qué bueno que estás bien.

Habló de su hijo, y la voz se le quebró:

—El niño... —Un nudo le apretó la garganta—. Todavía tenemos a Agustín.

Pero el simple hecho de escuchar el nombre de Agustín hizo que Begoña sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda. El abrazo de Mariano la dejó helada por dentro. Se soltó de sus brazos y, en silencio, se recostó de nuevo en la cama, dándole la espalda.

Felicidad, que había estado observando la escena, intervino en voz baja para explicar:

—Señor Mariano, la señora está muy débil. Necesita descansar y recuperarse.

—Por favor, puedes salir —ordenó él.

Felicidad no tuvo más remedio que irse, cerrando la puerta tras de sí.

Mariano acomodó la cobija sobre Begoña y tomó su mano, tan pálida que parecía de papel.

—Amor, no te tomes en serio lo que dijo Agustín hace rato. Ya hablé con la persona que lo estaba manipulando.

Su voz se tornó dura:

—Una loca que siempre anda pegada a Renata.

—Amor, un niño criado por gente así, en la familia Guzmán, no lo vamos a aceptar.

—Y te prometo que Rosario no va a volver a aparecerse delante de ti.

Mariano había decidido cortar todo lazo con Rosario y Renata. Quien lastimara a su esposa, pagaría el precio.

Begoña, mirando a Mariano con los ojos vacíos, retiró su mano poco a poco.

No creía ni una sola palabra.

Mariano sintió la culpa y la impotencia clavársele en el pecho.

—Amor, Agustín quiere verte —dijo, luchando por mantener la voz firme bajo su mirada distante.

Él pensaba que la pérdida del bebé había sido tan fuerte para Begoña que solo el tiempo podría curarla.

En ese momento, Agustín entró empujando la puerta. Caminó hasta la orilla de la cama y, de golpe, cayó de rodillas. Su carita estaba bañada en lágrimas.

—Mamá, perdóname —lloriqueó, el llanto le sacudía la voz—. Sé que me equivoqué... Me caí y me dolió mucho, no quiero que tú también te lastimes.

El tono infantil de Agustín apretó el corazón de Begoña. No pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Extendió la mano y le acarició la mejilla.

—Te perdono, mi niño.

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