Mariano y Catalina entraron justo en ese momento. Catalina, nerviosa, intentó taparle la boca a Agustín, pero ya era demasiado tarde.
—El bebé, por supuesto, es de la señorita Rosario —respondió Agustín con la cabeza en alto.
Begoña se quedó mirando el rostro inocente de Agustín. Solo tenía cinco años, ¿cómo podía esperar que entendiera los enredos de los adultos?
En realidad, lo que ella quería saber era quién era el papá del bebé.
Pero Agustín no lo entendía.
—Agustín, aquí en la casa no se puede mencionar a esa mala mujer —Catalina, pálida, pareció tranquilizarse un poco—. Y mucho menos puedes contradecir a tu mamá. Ella está embarazada, pronto tendrás una hermanita.
—¿Estás contento? Anda, ve y dale un abrazo a tu mamá —Catalina trató de animar a Agustín para que se acercara a Begoña.
Tamara estaba en el piso llorando y haciendo berrinche, pero Ofelia ya la había levantado y trataba de calmarla.
Begoña llevó a Tamara a su lado y le ofreció un dulce para tranquilizarla.
—Agustín, la empujaste, pídele disculpas a Tamara.
Agustín, al ver cómo Begoña le daba preferencia a Tamara una y otra vez, se sintió desplazado y su molestia creció.
—No le voy a pedir perdón. Tamara fue la que insultó primero a la señorita Rosario, por eso la empujé —protestó, con cara de pocos amigos, y le gritó a Begoña—. No quiero otra hermana, ya tengo una, es Renata.
Agarró de la mano a Mariano, que acababa de entrar, y soltó el llanto, con las lágrimas y la nariz llena de mocos.
—Papá, llévame al hospital a ver a la señorita Rosario. Renata llamó y dijo que la señorita Rosario se iba a morir.
Al escuchar eso, Mariano y Catalina miraron a Begoña casi al mismo tiempo.
—¡No digas tonterías! —exclamó Catalina—. El bebé que lleva tu mamá es tu única hermana. Jamás vamos a adoptar a Renata, y de ahora en adelante, no puedes hablar con ella por teléfono.
—Que el encargado le cambie el reloj de llamadas a Agustín. Nadie fuera de la familia puede contactarlo —ordenó Mariano, y luego se llevó a Agustín escaleras arriba. Por más que Agustín pataleó y forcejeó, no sirvió de nada.
Begoña miró cómo se alejaban padre e hijo. Ver a Agustín resistirse con tanta fuerza le provocó un vacío en el alma.
Agustín siempre le había tenido miedo a Mariano, pero ahora, por Rosario, se atrevía a enfrentarlo.
—Dolores, ponle más tareas a Agustín. Se la pasa demasiado desocupado —ordenó Catalina.
Dolores asintió y acompañó a Agustín a su cuarto, intentando consolarlo.

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