Begoña se quedó helada al ver a Mariano aparecer de repente. No sabía si había escuchado la conversación que acababan de tener, y un leve nerviosismo se apoderó de ella.
Pero… ¿una foto?
Jamás se había tomado una foto con Álvaro.
Miró a Álvaro de reojo. Él tenía el ceño ligeramente fruncido y una mirada filosa, fija en la foto que tenía Mariano en la mano.
Con esa reacción tan extraña, tal vez la foto sí era real.
Al recibir la foto, Begoña abrió los ojos de par en par, sorprendida.
No importaba si era hacker o antihacker, si su verdadera identidad salía a la luz, estaría en peligro.
Por eso, cuando la reclutaron para trabajar con el jefe, desapareció del mapa: salvo cuando tenía que cumplir misiones, el resto del tiempo permanecía resguardada en la base.
La imagen era de cuando tenía veinte años, justo el momento en que apareció para rescatar a Álvaro. Alguien los había fotografiado.
Recordaba bien que, durante los dos años posteriores a ser reclutada, esa había sido la única vez que la captaron durante una operación.
Con manos temblorosas, Begoña volteó la foto. En el reverso, había escrito en alemán: “Febrero de 2019, Santa Clara del Mar. El profesor y la joven misteriosa”.
Quien tomó la foto, conocía a Álvaro.
—Amor, ¿cuándo fuiste a Santa Clara del Mar, la ciudad más misteriosa de Alemania? ¿No estabas estudiando en Francia? ¿Ya conocías al profesor Álvaro? —preguntó Mariano con su habitual tono suave, aunque sus ojos oscuros parecían querer desentrañar cada secreto.
Begoña recordó la explosión de aquel día. Era la segunda vez que le ordenaban rescatar a Álvaro.
Solo había preparado un plan para sacarlo a él; jamás imaginó que, al llegar, habría dos personas.
Antes, quienes buscaban a Álvaro solo querían capturarlo. Pero esa vez, querían eliminarlo por completo, al punto de lanzar misiles contra el edificio.
Su plan era fingir su muerte y así esconder a Álvaro para siempre.
Fue después de aquello que Álvaro fue llevado temporalmente a la base.
Ella tenía la capacidad de bloquear la señal del misil por dos segundos, lo suficiente para que Álvaro escapara. Después, dejaría que el misil impactara, haciendo creer al enemigo que él había muerto y desaparecido.
Pero, al darse cuenta de que debía salvar a dos personas, ya no pudo modificar la señal a tiempo. Solo pudo mirar, impotente, cómo la otra persona moría en la explosión.
Begoña sostenía la foto con la mano temblorosa y la voz entrecortada:
—Nosotros...
—Yo trabajaba como profesor en la universidad donde Bego estudiaba —intervino Álvaro con calma—. Ese año, hubo un terremoto en Santa Clara del Mar y todos los estudiantes fuimos a ayudar. Esa foto la tomaron justo después de que ella me rescatara de entre los escombros.
El desastre de la explosión había sido disfrazado de terremoto. Así lo explicaba Álvaro.
—¿Es cierto, amor? —insistió Mariano.
Mariano se adelantó y la abrazó. Al ver la foto, Begoña no mostró ninguna culpa, sino una profunda tristeza.

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