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La amada Luna del Alfa sin corazón romance Capítulo 466

Punto de vista de Avery

No tenía tiempo para pensar.

El renegado se abalanzó sobre mí, dándome apenas el tiempo suficiente para rodar fuera de su alcance antes de que sus garras cortaran el aire por donde había estado mi cabeza un segundo antes. Me puse de pie a la fuerza y levanté las manos a la defensiva.

El renegado de la cicatriz me sonrió con burla y sus colmillos brillando en la oscuridad.

—¿De verdad pensaste que podías entrar como si nada a nuestro territorio y que te dejaríamos marchar? —se mofó—. ¿Después de todo lo que hiciste?

—Este no es su territorio —respondí tajante—. Le pertenece a Lobo Nocturno.

Su cicatriz se arrugó mientras su sonrisa se ampliaba.

—Cierto. Lobo Nocturno. La misma manada de cuyo Alfa te escondiste durante diez años, ¿verdad? ¿Confías en él? —preguntó—. ¿Con tu vida?

Antes de que pudiera responder, uno de los otros lobos se lanzó hacia adelante, lanzando dentelladas a mis tobillos. Me moví, pero no antes de que un colmillo me rozara la pierna, haciéndome gritar de dolor. Caí de rodillas en el barro.

Otro lobo se abalanzó entonces, buscando mi brazo con sus fauces. Con un ahogo, caí hacia atrás. Rodé por el suelo, levantándome en cuclillas a unos pocos metros de distancia, solo para dar un bandazo hacia un lado de nuevo cuando un tercero fue a por mi cuello.

Lancé una patada, alcanzando a ese en las costillas mientras caía de golpe sobre mi espalda. El lobo chilló y tropezó, pero el primero ocupó su lugar. Antes de que pudiera rodar para escapar, sus patas cayeron pesadamente sobre mis hombros, inmovilizándome contra el suelo del bosque con todo su peso.

Intenté transformarme, pero no sirvió de nada. Con el peso, el barro y la lluvia, mi loba se bloqueó, dejándome indefensa.

El lobo abrió la boca. Su saliva me goteó en el rostro.

Cerré los ojos.

—Detente.

Abrí un ojo para ver que el renegado de la cicatriz se había acercado y ahora estaba en cuclillas a mi lado. Inclinó la cabeza hacia mí y luego miró al lobo, que aún mantenía las fauces abiertas.

—Sé que tienes hambre —dijo en voz baja—, pero ella es la que mató a nuestro Rey. Deberíamos tomarlo con calma. Pensar en una forma más idónea para que muera.

El renegado gruñó, mirando de un lado a otro entre el lobo y yo. Luego, con un bufido de aire caliente que olía a su aliento rancio, me liberó y se transformó en humano. Los otros lobos hicieron lo mismo.

Intenté aprovechar la oportunidad para ponerme de pie rápidamente, pero era demasiado tarde. Los renegados se acercaron a mí, tomándome por las muñecas y los tobillos, y me levantaron en el aire.

—Llévenla de vuelta al campamento —dijo el lobo de la cicatriz, poniéndose de pie—. Decidiremos qué hacer con ella allí.

El pánico me desgarró el pecho.

Me había quedado sin opciones. Sin tiempo.

Y entonces me acordé.

El lazo de compañeros.

No lo había usado para comunicarme con Gideon en mucho tiempo. Ya nunca intentaba enlazarme mentalmente con él, porque había pasado demasiado tiempo tratando de mantener ese lazo a distancia. Pero ahora, con los renegados arrastrándome por el bosque y mi vida pendiendo de un hilo, no tenía opción.

Busqué el lazo, ese hilo invisible que me conectaba con Gideon, y tiré de él. Estaba tenue y empolvado, como si hubiera estado guardado en una caja en el desván durante años. Pero estaba allí.

—¡AYUDA!

La palabra atravesó el lazo como el impacto de un rayo.

No sabía si funcionaría. No sabía si Gideon siquiera me escucharía.

Pero era la única oportunidad que tenía.

***

Punto de vista de Alfa Gideon

El sueño era perfecto.

El corazón se me subió a la garganta.

Justo en ese momento, escuché algo a lo lejos; algo golpeándose repetidamente en un eco constante. Venía del primer piso de la casa. Me giré, bajé apresuradamente las escaleras y seguí el sonido hasta la entrada lateral.

Allí encontré la puerta con mosquitero balanceándose salvajemente con el viento, golpeando contra el marco. La puerta principal estaba abierta de par en par, con la lluvia entrando a torrentes a través del mosquitero.

Me apresuré a acercarme, agarré el picaporte y miré hacia la oscuridad.

—¿Avery? —llamé.

No hubo respuesta. El porche estaba vacío, los jardines estaban desiertos. Pero más allá de ellos, el bosque se alzaba oscuro y amenazante. Un relámpago brilló, iluminando los árboles por una fracción de segundo.

No podía explicarlo del todo, pero lo sabía. Ella estaba allá afuera. Podía sentir el lazo aún zumbando débilmente, distante pero presente, arrastrándome en esa dirección. Avery estaba allá afuera en el bosque, en medio de esta tormenta, y estaba en problemas.

Tenía que encontrarla.

Mi lobo emergió con fuerza y no luché contra él ni un solo segundo. Al salir a la lluvia, comencé a transformarme, sintiendo mis huesos crujir y reestructurarse, mis músculos estirándose mientras me preparaba para correr.

—¡Gideon!

Me giré.

Sebastian bajaba las escaleras, con el cabello desordenado y una expresión tensa. Él también debió de haber escuchado la puerta.

—¿Dónde está Avery? —exigió saber.

Incliné la cabeza hacia el bosque.

El rostro de Sebastian se puso pálido. No hizo más preguntas antes de ponerse a mi lado y transformarse también. En cuestión de segundos, ambos estábamos en forma de lobo, con nuestro pelaje volviéndose pegajoso por la lluvia y nuestros sentidos aguzados.

No esperé. Salí corriendo a toda velocidad, con Sebastian justo detrás de mí, y juntos nos adentramos en la tormenta en busca de Avery.

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