"Anabel"
Ya había una semana que Leonel estaba en el hospital. Había salido del período crítico y como el médico había avisado quedó con secuelas irreversibles, tuvo el habla comprometida y el lado derecho del cuerpo quedó paralizado.
Don se encargó de contratar un equipo de enfermería para acompañarlo en el hospital y yo pasaba todas las tardes en el horario de visitas. Era deprimente verlo en esa cama, un hombre orgulloso, arrogante, de repente reducido a un saco de huesos sobre una cama.
No me quedaba más de cinco minutos en ese cuarto, era más que suficiente, aquello era sofocante para mí, principalmente porque veía las lágrimas cayendo de sus ojos siempre que llegaba, no tenía idea si me quería ahí o no, pero parecía que mi presencia aumentaba su sufrimiento, pues, según el médico, la comprensión, la memoria y el discernimiento no habían sido afectados.
Estaba frente a la cama, mirándolo, como hacía todos los días, me paraba ahí y lo miraba, no hablaba nada, no lo tocaba, solo lo miraba y apretaba la mano de Rick, que siempre estaba sosteniendo la mía, pues me acompañaba en cada visita.
—¡Qué bueno que todavía están aquí! —Don entró al cuarto, pareciendo bastante animado.
—¿Buenas noticias? —Pregunté y me volteé hacia él.
—¡Las mejores! —Respondió con una sonrisa que iba de oreja a oreja y entonces dio la vuelta a la cama y sostuvo la mano de Leonel. —¿Puedes entenderme, papá?
—Mmmm... mmm... mmm... —Vi a Leonel esforzarse para hablar y frustrarse por no conseguirlo, entonces movió sutilmente la cabeza en señal de asentimiento y cerró los ojos por un momento. El suspiro que dio fue como un grito de lamento doloroso.
—¡Muy bien! ¿Sabes que te buscaste esto con tus propias manos? —Don lo miró fijamente, era posible percibir en el rostro de mi hermano una confusión de sentimientos contradictorios. Y otra vez Leonel asintió.
—Entonces presta atención. Ya encontré una casa de cuidados para ti. Te darán de alta en dos días y te llevarán ahí. Tendrás todo lo que necesites, pero no esperes que Ana y yo hagamos visitas regulares, eso no va a pasar y sabes bien por qué, ¿verdad? Sabes que estás cosechando lo que sembraste. —Don hablaba con calma, con la voz en un tono agradable, pero sus palabras eran duras, y nuevamente Leonel asintió.
—Don, no necesitas... —Traté de intervenir, mi hermano no necesitaba decir aquello, Leonel era apenas un enfermo, la sombra de quien había sido.
—No, Bel, tiene que saber. Lo que le pasó fue culpa exclusivamente suya. Y tiene que entender que sufrirá las consecuencias de todo el mal que hizo. No lo vamos a abandonar, pero no vamos a vivir en función de él. —Mi hermano no podría haber sido más claro y Leonel asintió.
—Mi vida, tu hermano tiene razón, el hecho de que esté sobre una cama no borra lo que hizo. —Rick me abrazó.
—Lo sé... —Respiré hondo.
—Bueno, ya nos vamos, estoy loco por echar a Irina a la calle. —Don apretó la mano de Leonel y sonrió, en una despedida que me parecía tan triste.
Me retiré de ese cuarto como en todos los otros días, en silencio, sin despedidas o apretones de mano. Del hospital fuimos directo a la casa de Leonel, o mejor, la casa que fue de nuestra mamá. Cuando llegamos encontramos afuera del portón al oficial de justicia y cuatro policías. La hora había llegado y yo estaba feliz de sacar a esa mujer odiosa de la casa de mi mamá.
El oficial mostró la orden judicial a los guardias en el portón y nos dejaron entrar, dos policías se quedaron con ellos para evitar que dieran la alarma. Fuimos entrando y encontramos a Irina en la sala.
—¿Qué es esto? ¿Qué invasión es esta? ¡Fuera de mi casa! ¡Salgan ahora! —Irina caminó hacia nosotros con toda su arrogancia.
—¿Señora Irina Santos? Soy el oficial de justicia y le traje una orden del juez. La señora debe dejar esta casa inmediatamente, con la ropa puesta, no puede llevarse absolutamente nada. Esta propiedad y todo lo que existe dentro de ella, así como las cuentas bancarias y las acciones del Grupo Lancaster, todo está siendo restituido a sus verdaderos dueños.
—¿De qué estás hablando? —Irina miró al oficial de justicia como si estuviera diciendo un gran absurdo.
—Del testamento de la señora Antonia Lancaster. Todo lo que el señor Leonel Santos poseía provenía del fraude cometido al falsificar un testamento falso a nombre de la señora Antonia. Y, como fue investigado, la señora nunca poseyó absolutamente nada y todo lo que compró todos estos años fue a costa del dinero que su marido le daba, pero ese dinero ni siquiera era de él. —Explicó el oficial.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita)
No sale el capitulo 7-8 y 9...
El capítulo 7 no sale...
No se puede continuar la historia después de cap 284 ,Marca error y compré monedas,intente con otras historias y si se pueden desbloquear pero esta no,ojalá arreglen eso por que ya que regresa a lectura gratis,va con otra historia de personajes que no conocemos,nunca se sabe qué pasó con Heitor y Samantha al final....