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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 958

"Taís"

Hice más programas de los que pensé que podría aguantar. Había ganado dinero, pero no era suficiente para pagar esa pocilga donde estaba hospedada y, además de dar casi todo el dinero que gané al gerente, todavía tuve que hacer un programa con él a cambio de que siguiera aguantando mi deuda en el hotel.

Pero hasta que el gerente se mostró útil. Conocía a todos esos tipos extraños que circulaban por ahí y yo necesitaría ayuda de unos tipos dudosos para hacer unas cosas. El primero que me presentó fue el muchacho que entregaba flores en una van, pues dije que necesitaba entrar en un lugar lleno de seguridad.

—¿Qué quieres? —Me preguntó el muchacho cuando nos quedamos solos en la salita apestosa del gerente.

—Quiero entrar en un condominio de ricos. —Hablé.

—Mira, si es para robar o cualquier cosa de esas estoy fuera. Ya pasé por la cárcel y no quiero volver, estoy recuperado. —El imbécil empezó a hablar y a mí no me importaba si estaba recuperado o no.

—Solo quiero entrar, después de que esté adentro te puedes largar. —Hablé.

—Bueno, eso es fácil. ¿Conoces el nombre de alguien en ese lugar para que le entregue unas flores? —Preguntó.

—Sí, conozco. —Ya estaba sonriendo, fue muy fácil.

—Bueno, va a costar cien. —Habló y lo miré conmocionada.

—No tengo ese dinero. —Respondí.

—Y yo no trabajo gratis. Voy a tener que ponerle gasolina al carro para ir hasta allá. Si quieres, ese es el precio.

—Pero no tengo ese dinero.

—Ah, está bien. El compa me dijo que haces programas y que haces un sexo oral bueno, entonces me haces el programa completo y te llevo adonde quieras.

¿Para qué iba a negar? Por lo menos ese tipo era un tipito razonable. Tan pronto como acepté se levantó y se bajó los pantalones, iba a ser ahí mismo, en esa oficinita mugrienta y apestosa del gerente. Que fuera, para quien hizo programa en el callejón oscuro el fin de semana, aquello ahí era lujo. Pero me estaba sintiendo como un cajero automático pagando mis cuentas así.

Después del programa el muchacho me llevó hasta el condominio. Me hizo ponerme un chaleco de la florería y una gorra, me dijo que tenía que parecer empleada de la florería, pues la van sería revisada y realmente fue, solo tuvo que convencer al guardia de que había dejado el documento en casa, y cuando dijo que tenía flores para Catarina Vergara Meléndez, el guardia inmediatamente sonrió y dejó entrar.

Entró y me dejó en la puerta de la casa de Rick, una mansión. Y me resentí porque él no hubiera comprado esa casa para mí. ¡Me lo merecía! Ahora solo tenía que esperar a que Rick llegara del trabajo. Entonces me escondí del otro lado de la calle y me quedé esperando.

Ya había oscurecido cuando un carro negro lujoso paró frente al portón del garaje de la casa y esperó a que se abriera. ¡Ese no era el carro de Rick! Me tomó menos de medio segundo razonar mejor. ¡Despierta, Taís, cambió de casa, imagínate de carro! Crucé la calle corriendo, en el momento en que se abrió el portón y entré junto con el carro.

—¿Pero qué es esto? —Rick bajó del carro furioso al ver que era yo.

—¡Hola, exmarido! —Le sonreí. —¡Te dije que no te habías librado de mí!

—¿Estás loca, Taís? ¿Perdiste completamente el juicio? ¿Cómo entraste al condominio? —Quiso saber.

—Tú eres el que está loco si piensas que vas a vivir en todo este lujo y olvidarte de mí. ¡Todo esto es mío por derecho! —Le grité.

Ya me estaba preparando para el primer golpe, cuando oí la voz de Átila.

—Chicas, no vale la pena. —Átila habló con desdén. —Ese tipo solo las va a ensuciar. Esa sabandija no vale ni el tiempo ni el esfuerzo.

—¡Sí, el señor tiene razón! —Esa tal Sandra paró.

—Mira bien, Taís, estoy salvando tu pellejo repugnante aquí. Entonces sé agradecida y desaparece. ¡Afortunadamente ya no cabes en nuestras vidas! Mira para que veas, mi hijo reconstruyó su vida. Encontró un amor, uno de verdad, una buena muchacha que lo hace feliz y le va a dar lo que siempre quiso, una familia, hijos, ¡un hogar! Escucha mi consejo y esfúmate, o la próxima vez te llevo directo a la cárcel y me voy a encargar de que desaparezcan con la llave de la celda. —Átila no amenazaba en vano.

El carro de seguridad del condominio paró a nuestro lado y tres guardias salieron de él y dos me agarraron con una fuerza innecesaria.

—¡Esto no se va a quedar así, Átila! —Le hablé y él dio una sonrisa fría e intimidante.

—Lleven la basura afuera, muchachos, y descubran cómo entró aquí. —Ordenó a los guardias que me metieron dentro del carro como si fuera un saco de papas.

Solo cuando estaba dentro del carro me di cuenta de todas las personas que estaban ahí, la familia de Rick y ese grupito detestable de amigos. Y al rincón, al lado de Rick, Alessandro me miraba con desprecio.

—¡AAAA!!! ¡ODIO A TODOS, TODOS! —Grité y empecé a llorar.

—¡Para ya con el ataque de histérica, delincuente! O te callo la boca con el cañón de mi arma adentro de ella. —El guardia que se sentó a mi lado avisó. —¡Odio a las mujeres que gritan!

Me llevaron fuera del condominio, se alejaron de ahí por lo menos unas diez cuadras y me tiraron en la cuneta. Simplemente el que estaba a mi lado abrió la puerta y me empujó afuera, haciéndome caer. En ese momento yo era solo rabia y deseo de venganza y decidí que haría lo que siempre quise, acabaría con Átila.

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