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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 947

"Ricardo"

Melissa realmente no estaba bromeando, eligió un excelente restaurante. Pero me gustó, no lo conocía y ya estaba pensando en traer a Ana aquí a cenar, le encantarían las opciones de filete con papas de aquí. Hicimos los pedidos y Melissa me observó por un momento en silencio.

—Dime que no hiciste una tontería muy grande, precioso. —Habló Melissa como si realmente me estuviera haciendo un pedido.

—No sé. Espero que no. —Le conté sobre lo que había pasado y la reacción de Anabel ante mi propuesta. Melissa suspiró fuerte.

—Bueno, estuvo mal, pero no tan mal. Tenías buenas intenciones, pero hiciste las cosas de la forma equivocada. —Melissa movió el vaso de jugo frente a ella. —Mi pregunta para ti es: ¿quieres casarte con Ana?

—Mel, después de todo lo que pasó, ya no creo en el matrimonio. Creo en lo que tengo con ella. —Respondí y le conté sobre mi conversación con Alencar.

—¡Ay, Alencar es un amor! Pero es de la vieja escuela, de los tiempos en que los hombres conquistaban a las mujeres con flores, cartas de amor y palabras dulces susurradas a la luz de la luna, aunque ya fueran suyas, seguían conquistando a su mujer todos los días, con serenatas y cosas así. —Melissa sonrió. —¿Por qué los hombres ya no son así? Ustedes piensan que "ah, ya vive conmigo, así está bien". —Melissa puso una voz chistosa y me reí, pero me di cuenta de que ella estaba en la misma situación que yo.

—Mel, ¿está todo bien? —Pregunté.

—Sí. Solo me siento estancada. Pero esa es otra historia, volvamos a tu caso. —Melissa era hábil para quitar la atención de sí misma, pero yo no estaba dispuesto a dejar de saber cómo realmente estaba.

—No, Mel. Mi caso puede esperar un poquito. Quiero saber de ti. ¿Qué está pasando? —Pregunté y esperé.

—No es nada, precioso. Solo que... ay, el príncipe es como tú, piensa que si ya vivimos juntos no necesitamos casarnos. —Llevaba mucho tiempo insatisfecha con eso y solo no lo veía quien no quería.

—Pero tú quieres. —Concluí.

—Sí, quiero. —Me miró firmemente.

—¿Y por qué quieres casarte? —Quería entender realmente.

—Porque amo a Fernando, porque siempre soñé con mi boda, un vestido blanco, y por todo lo que significa el matrimonio. Y también porque quiero ser reconocida como la esposa, no como la novia o la querida, nombre horrible. ¿Recuerdas cuando estuvo en el hospital, por esa paliza que Junqueira mandó darle? —Recordé lo horrible que fue eso y cómo la afectó.

—Sí, me acuerdo.

—Pues sí, tuve que esperar a que el director del hospital llamara a su mamá y preguntara si yo podía entrar a verlo pues no era de la familia y solo podían entrar los familiares. —Contó y yo no sabía eso e imaginé lo difícil que debe haber sido, especialmente para Melissa, esperar.

—Pero estuviste con él todo el tiempo. —Comenté.

—Sí, pero solo después de que mi suegra se aseguró de que, aunque yo entrara, ella también podría entrar cuando llegara. Y quería llevarse a Nando a recuperarse en Campanario y solo no lo hizo porque mi suegro y el tío Álvaro se metieron. Y no me malentiendas, adoro a la mamá de Nando, pero no quiero pasar por eso otra vez y cuando digo eso, no me refiero solo a cuestiones médicas, sino a todo. Rick, novia no es familia, ¿entiendes la diferencia?

—Sí, entiendo. —Melissa había tocado un punto en el que aún no había pensado. De hecho el matrimonio cambiaba las cosas y el matrimonio involucraba muchas cosas. —¿Y ya hablaste con él sobre eso?

—En eso tienes razón. Te voy a dar un consejo, vete a casa y prepara una cena bien especial, a la luz de las velas y con música bien romántica. Pide disculpas antes de la cena, baila con ella después de la cena, hazla reír y sentirse amada y segura. No tiene falla. Ah, lleva flores y chocolates también. Vino no, porque no puede tomar, sirve jugo de uva en copas. —Era una buena idea y era un comienzo.

—¿Y sobre el matrimonio? —Pregunté, algo inseguro sobre el tema.

—Solo di que estabas muy preocupado y no estabas pensando bien. —Sugirió Mel.

—¿Pero debo pedírselo? —Estaba en un dilema.

—Hoy no. Y si vas a hacer una propuesta, eso lo vamos a resolver después, en otro almuerzo que me vas a pagar cuando puedas decirme si quieres casarte con ella y por qué quieres casarte. —Mel era inteligente.

—Creo que entiendo lo que quieres decir. —Acepté lo que dijo, pues tenía razón, antes de proponerle necesitaba saber si realmente quería casarme otra vez.

—¡Qué bueno que no eres tan tontito, precioso! —Se rió Mel.

Cuando dejé a Mel de vuelta en Lince Mundi, ya sabía exactamente cómo hacer la noche especial para Ana. Entonces fui de compras, seguro de que se ablandaría cuando viera lo que iba a preparar.

Me fui a casa y preparé la cena, arreglé todo conforme lo planeado, flores, velas, todo, y dejé mi regalo sobre la cama. Cuando llegó Ana, estaba ansioso de un lado para otro en la sala.

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