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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 727

"Patricio"

Abroché sin prisa los botones que había desabrochado de la blusa de Lisandra. Ella me miraba a los ojos mientras lo hacía. Cuando terminé la besé antes de que se bajara de mi regazo. Se despertaba tan hermosa, despeinada y con los ojos perezosos. Se bajó de mi regazo y se puso de pie, se alisó la falda y, con las manos en las caderas, onduló el cuerpo para acomodársela, de esa manera que me dejaba hipnotizado con sus curvas. Yo la miraba descaradamente.

—¿Disfrutando la vista? —sonrió al preguntar.

—¡Siempre! Pero ya sabes, ¡es una vista maravillosa! —Su sonrisa se ensanchó con mi respuesta. Me senté en el borde del sofá y le extendí la mano—. ¡Ven acá! —Vino de buena gana y se sentó en mi pierna—. ¿Dormiste bien?

—Sí, siempre duermo bien contigo. —Su declaración hizo que mi pecho se llenara de alegría.

—Entonces necesitamos hacer esto siempre, porque yo también siempre duermo bien contigo.

—Qué bueno, somos el remedio contra el insomnio el uno del otro. —Se río ligeramente.

—Pero también me gusta mucho estar despierto contigo. —Jugué con su cabello y recibí un beso en respuesta. Parecía más relajada, más confiada.

—Mejor vayamos a mi cuarto antes de que te tire en este sofá y no me importe quién nos encuentre la próxima vez. —Bromeé, pero su cuerpo se puso rígido, como si estuviera despertando y volviendo al estado de tensión de la noche anterior.

—Nos están esperando para el desayuno. Y tenemos que ir a trabajar. Mi jefe es muy exigente. —Bromeó, pero yo sabía lo que estaba tratando de disimular.

—¿Me abrochas la camisa? —Pedí tratando de mantenerla ocupada conmigo y relajada.

—¡Qué consentido! Tú mismo puedes hacerlo. —Bromeó.

—Puedo, pero me encanta tener tus manos sobre mí. —Le confesé.

—Yo prefiero quitarte la camisa. —Respondió en el mismo tono bajo que usé.

—¡Siéntete libre!

—Mejor evitemos que nos encuentren nuestros padres. —Susurró y comenzó a abrochar cada botón desabrochado, dejando solo el del cuello sin abrochar.

Después de otro beso salimos de ese sofá que ya era mi mueble favorito de la casa. Pasé días evitando algo que estaba siendo tan bueno, tenerla en mi casa era como un soplo de vida. Me hacía feliz y ansioso por tenerla aquí cada vez más. ¡Qué idiota fui! Melissa tenía razón en llamarme tonto.

Ya estaban todos reunidos en la sala de estar cuando salimos del cuarto de juegos en el sótano y pasamos por ahí. Con cada paso que daba hacia la escalera del segundo piso sentía que la mano de Lisandra se tensaba junto a la mía.

—Hijo, ¿durmieron en el sofá? —Mi madre nos abordó—. Deben tener el cuerpo adolorido.

—Sí, mamá. ¡Buenos días! Nos quedamos dormidos viendo una película. —Expliqué y le di un beso en la mejilla a mi madre.

—Deberías haber llevado a Lisa a la cama, debe estar exhausta y con dolor de espalda. ¿No te enseñé a ser un caballero, hijo mío? —Mi padre se quejó.

—¡Creo que no, Alonso! —Raúl respondió mirándome fijamente.

—¡Quién lo diría que después de llevarse tan mal ustedes estarías enamorado de mi hija! —Su sonrisa era genuina—. Ah, aún no lo sabes. —Pareció leer entre líneas en mi expresión confusa.

—Sr. Moreno, yo... —Quería explicarme, pero tampoco sabía qué decir y por suerte me interrumpió.

—Muchacho, lo sé. Ya pasé por eso. Sabes, yo solo me di cuenta de la existencia de Inés cuando volví de Oxford. Era una joven hermosa, mi hija se parece mucho a la madre. Pero entonces, yo me creía demasiado inteligente para interesarme por una jovencita del interior que estudió toda la vida en un colegio interno católico y que tenía modales de monja. —El Sr. Moreno se rió y continuó su historia—. Yo era un ciudadano del mundo, ya había conocido muchos lugares y estaba interesado en mujeres más cosmopolitas. Pero cuando volví de Oxford, ah, ¡no tuve oportunidad! Comencé a salir con ella, me engañaba diciéndome a mí mismo que solo me sentía atraído por ella porque era muy hermosa y quería pasar el tiempo en ese pueblito. Pero cuando me di cuenta ya estaba rendido a sus pies. Y casi la pierdo. Un día vino a despedirse de mí a la empresa, dijo que sus padres la mandarían a la universidad en Canadá. Me volví loco, no podía perderla, me di cuenta de que la amaba.

—¿Y qué hizo, señor? —No conocía esta historia y me dio curiosidad.

—¡La pedí en matrimonio! Nos casamos seis meses después. Tus padres fueron nuestros padrinos. Porque tu padre siempre fue más inteligente que yo, amó a Lucinda en el instante en que la vio de lejos caminando en la plaza al lado de Inés, y lo aceptó. Pero tu madre lo hizo sufrir un poco. —El Sr. Moreno se rió.

—¿Cómo tuvo la certeza, Sr. Moreno? —Me atreví a preguntar.

—Tuve la certeza porque el miedo que sentí de perderla fue mayor que el miedo que sentía de que nuestra relación saliera mal por estar equivocado sobre mis sentimientos. Pero quédate tranquilo, Patricio, ella te ama y está dispuesta a esperar a que descubras lo que sientes. Y en el momento correcto, lo descubrirás.

—¿Y cómo sabe que estoy enamorado de ella?

—Tus ojos brillan cuando la ven, como si no existiera nadie más en el mundo. —Sonrió, me dio una palmada en el hombro una vez más y se alejó.

Volví a mirar a Lisandra y entonces ella me miró directamente, me vio ahí y sonrió, después me tiró un beso al aire y eso hizo que mi corazón se disparara de alegría.

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