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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 1033

"Melissa"

Estaba canturreando en la oficina, hasta parecía Mauricio del departamento comercial que vivía cantando. Ah, pero estaba tan feliz, ¡hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz! Mi Nando ayer me sorprendió. Solo tenía un poco de sueño, porque él estaba realmente inspirado y casi no me dejó dormir.

—¡Dios, cuánta alegría! —Julia, secretaria de Heitor, bromeó conmigo.

Entró en mi oficina riéndose y cargando un arreglo de rosas rojas en un florero de cristal, que puso sobre mi escritorio.

—¡Gente, qué lindo! —Miré el arreglo e imaginé que Heitor estaba preparando algo para Sam.

—¡Maravilloso, ¿verdad?! Acaba de llegar para ti. —Julia sonrió, tomó el sobrecito entre las flores y me lo entregó.

—¿Estás segura de que son para mí? —Pregunté.

Era una novedad recibir rosas, no eran de Nando con seguridad, pues él siempre mandaba peonías, entonces ¿de quién serían? Abrí la tarjeta y casi no pude creer lo que leí.

—¿Y entonces, quién las mandó? Porque el príncipe no manda rosas. —Julia preguntó ansiosa.

—Escucha, Julita: —Me aclaré la garganta para leer la tarjeta, pues estaba emocionada. —"Ninguna relación es solo sol, gracias por compartir el paraguas conmigo y sobrevivir a la tormenta. Por favor, continúa amándome y jamás dudes del corazón fiel de tu amado. Pd: Sé que no son tus flores preferidas, pero Heitor tiene razón, aun siendo cliché, son las rosas rojas las que hablan de amor. Tuyo y solamente tuyo, Fernando."

Cuando terminé de leer la tarjeta cayeron las lágrimas. De todas las flores que Fernando me había mandado a lo largo de todos los años de relación y de todas las tarjetas, estas fueron de lejos las más especiales.

—¡Ah, mi querida! Ese muchacho realmente te ama. Pero te lo mereces. —Julia me abrazó, pasando la mano por mi brazo, consolándome.

—Ay, Julita, andaba hasta pensando que mi príncipe se había vuelto sapo. Pero ayer tuvo una crisis de celos, lo que fue una novedad. —Comenté.

—Y entonces volvió a ser un príncipe, porque se sintió amenazado. —Julia me miró con una sonrisa de quien conoce la vida.

—Dejó el trabajo para ir tras de mí, Julita, y tuvimos una noche excelente y ahora las flores. —Estaba admirando mis rosas.

—Querida, ya he vivido mucho más que tú, entonces escucha un consejo, tu príncipe está bajo mucha presión, tiene muchas cosas pasando, está viendo muchos cambios por delante, muchas decisiones que necesitan ser tomadas, es más difícil para unos que para otros. Siendo así, confía, pero déjalo pasar un buen susto pensando que puede perderte, así va a entender que si se vuelve sapo, otro príncipe pasa montado en el caballo blanco.

—Ay, Julita, qué maldad. —Me reí, pero una parte de mí quería darle bastantes celos a Fernando para que aprendiera una lección.

—¿Floreció la primavera aquí? —Enzo entró ya con el ojo puesto en el arreglo sobre mi escritorio. —¿Quién las mandó, Mel? ¿Fue ese tipo del bar? Porque Nando no manda rosas rojas.

—¡Pues fue el propio Nando, Enzo! Aquí. —Le mostré la tarjeta a Enzo, estaba orgullosa de mi príncipe.

—Sí, el tipo sabe hacer las cosas cuando quiere. —Enzo leyó la tarjeta y me la devolvió.

Julia volvió a su escritorio y Enzo se sentó frente a mí. Por lo visto tenía algo que decir, pero antes de que abriera la boca Heitor entró con el director financiero.

—¡Ah, pero mira nada más, parece que Fernando escuchó mi consejo! —Heitor sonrió al ver las flores.

—¡Entonces sigue aconsejando, Heitor. Está funcionando! —Sonreí y saludé al otro y él me dio una sonrisa y un gesto de cabeza, como siempre.

José Miguel, director financiero de Lince, era un hombre con muchas admiradoras en la empresa, pero aparentemente no se interesaba por ninguna, lo que era curioso, pues era un hombre guapo, de la misma edad que Heitor y aún soltero. Sospechaba que era medio tímido, pues andaba siempre muy serio y rechazaba a las chicas más valientes que trataban de acercarse. Pero se fueron a la oficina de Heitor y solo quedó Enzo frente a mí.

—Ese también es otro... —Enzo murmuró y movió la cabeza.

—¿Otro qué? —Pregunté sin entender.

—Nada. —Enzo respondió simplemente y cambió de tema. —Mel, estaba queriendo llevar a Luna a algún lugar bonito para pasar el fin de semana, ¿me sugieres algo?

—¡Pero ustedes dos están más enamoraditos que nunca, eh! —Bromeé y él sonrió con los ojos soñadores.

—¡Amo a esa chica, Mel! Y no quiero correr el riesgo de que piense que me estoy volviendo sapo. —Se rio.

—¡Te agarré! —José Miguel sonrió y me ayudó a recuperar el equilibrio, mientras Enzo juntaba los papeles ahora esparcidos en el suelo. —¿Estás bien?

—Sí. Mi zapato está atorado. —Traté de jalar el pie, pero el zapato no salía.

—Calma, yo resuelvo esto. Pero primero te vas a sentar. Quítate el zapato, te ayudo. —Hablaba calmadamente, con la voz baja y medio ronca.

José Miguel trabó el elevador en el piso y me ayudó a caminar hasta una de las sillas de la recepción. Mi zapato aún estaba atorado en el riel del elevador. Me ayudó a sentarme y después caminó hasta el elevador, se agachó, sacó el zapato del riel y lo analizó. Entonces volvió en mi dirección y se arrodilló frente a mí. Gentilmente tomó mi pie y con mucha delicadeza me puso el zapato.

—¡Listo! Desafortunadamente el riel dañó el revestimiento del tacón. Una pena, es un zapato lindo. Pero el tacón está seguro, podrás caminar. —Miró hacia arriba, encontrando mis ojos y sonriendo de nuevo.

—Hm-hm. —Enzo se acercó y se aclaró la garganta para hacerse notar. —¡Parece que esta carpeta es para ti! —Le extendió los papeles a José Miguel.

—Discúlpame, dejé caer los papeles y se mezclaron. Heitor pidió que te entregara la carpeta. —Dije mientras él tomaba la carpeta de las manos de Enzo.

—No hay problema, señorita Lascuran, lo importante es que usted esté bien. Los papeles los organizo en mi escritorio. Muchas gracias. —Hizo un gesto de cabeza y se dirigió al elevador, con Enzo siguiéndolo.

—¡Qué hombre tan gentil! —Comenté sin notar que Julia estaba a mi lado.

—¡Ese es todo un príncipe! —Julia comentó. —Lástima que no haya encontrado a alguien todavía. Me parece un desperdicio que un hombre lindo así esté soltero.

—Eh, Julita, ¿te quieres postular? —Bromeé y se rio.

—Ah, querida, si fuera unos años más joven, estaría como las muchachitas de esta empresa, suspirando por él. —Julia se rio. —¿Estás bien?

—Sí estoy, fue un accidente idiota. Tacón atorado en el elevador. —Me reí.

—Toda mujer ha pasado por eso al menos una vez en la vida. Pero pocas tienen la suerte de ser sostenidas por un galán así. —Julia se abanicó, sacándome una carcajada.

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