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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 1025

"Melissa"

Cuando por fin cerraron la última carpeta ya estaba medio mareada con tanto nombre de medicamento e insumo hospitalario. Pero el tío Álvaro y Fernando entablaron una conversación sobre un nuevo medicamento que alguien en el mundo estaba probando para el Alzheimer y para mí era suficiente, que se quedaran ahí con su discusión técnica sobre un medicamento que prometía avances espectaculares.

—Colita, vamos a dar una vueltita mientras estos dos se quedan ahí debatiendo quién será el próximo Premio Nobel de medicina. —Invité a Hana, que estaba tan aburrida como yo, y salimos del apartamento planeando hacer una caminata en un parque que había cerca—. Pensé que tendrían el fin de semana libre, después de trabajar hasta tarde ayer. —comenté mientras esperábamos el elevador.

—Parece que el Dr. Molina quiere deshacerse rápido del consejo. —sonrió.

—Bueno, entonces debo acostumbrarme a esto. —respondí mientras entraba al elevador.

—¿Habían quedado en algo ayer, verdad? —preguntó.

—Nada importante. —sonreí.

—Fernando es muy enfocado en el trabajo. Y el Dr. Molina se está poniendo pesado. Creo que está probando al sobrino. —comentó y tenía total sentido para mí.

—Sí, puede ser. —estuve de acuerdo.

Cuando se abrió el elevador en la planta baja nos topamos con Rafael, que parecía llegar del gimnasio o algo así.

—¡Hola, Rafa! ¿Todo bien? —Lo saludé como siempre, pero parecía distante, ya no era tan cálido como antes.

—¡Hola, Meli! Todo bien. ¿Crees que tuve una propuesta para ceder el bar para otra boda? —Dio una pequeña sonrisa.

—¿En serio? ¿Y aceptaste? —pregunté interesada. Su espacio era muy bueno para una boda.

—No, no acepté. Una boda ahí fue suficiente. —sonrió.

—¿Y esa plática de que si yo organizaba tú aceptarías? Esa sociedad rendiría buen dinero. —bromeé y dio una sonrisita incómoda.

—Ah, Meli, ninguno de nosotros dos necesita el dolor de cabeza que rendiría ese dinero. —habló en tono de broma, pero había algo ahí, sería mejor no insistir en el tema.

—Ah, déjame presentarte a la asistente de Fernando y mi nueva amiga, Hana. Hana, este es Rafa, nuestro vecino de abajo. —Los presenté, pero casi podía jurar que Hana le gruñó.

—Mucho gusto, Hana. —Extendió la mano para saludarla, pero ella no le estrechó la mano.

—Hola. ¿Vamos, Mel? —Lo saludó secamente y se volteó hacia mí.

—Es... perdón por molestarlas. Buen paseo. Con permiso. —Rafa respondió incómodo y entró al elevador.

Hana me miraba y me volteé hacia ella y crucé los brazos, frunciendo las cejas.

—¿Puedo saber qué grosería fue esa? —Estaba sorprendida, aún no había visto a Hana ser tan grosera con nadie.

—¡No me gustó! —respondió simplemente.

—¿Qué es eso, Hana?, apenas lo saludaste, ¿cómo no te gustó? —Me pareció tan extraña esa actitud suya.

—No me gustó y punto. Mel, ¿no te diste cuenta? Está loquito por ti. —argumentó.

—Puede hasta estar loquito por mí, Hana, pero no me faltó al respeto, no me coqueteó y no hizo absolutamente nada que pudiera ofender mi relación con Fernando. Entonces no entendí tu falta de delicadeza. —Seguí esperando que me respondiera. Había sido una situación incómoda, muy molesta para mí.

Después de eso no habló más de Rafael. Nos sentamos en una banca frente al laguito y tomamos el helado mientras me contaba sobre su vida, totalmente dedicada a los estudios y al trabajo. Lo que me hizo pensar que necesitaba dedicarse a otras cosas un poco y, tal vez, conseguir un novio.

Regresamos al apartamento después de un rato y afortunadamente no encontramos a Rafael otra vez, pues, de la manera como dijo que lo detestaba, haría otra grosería.

—Ah, llegaron. —El tío Álvaro sonrió y se levantó—. Querida, perdón por arruinar tu sábado.

—Está bien, tío. —Me abrazó, después me despedí de Hana y se fueron.

—¿Cómo estuvo el paseo? —Fernando preguntó.

—Extraño. —Le conté sobre el encuentro con Rafael y la reacción de Hana—. Me sentí muy incómoda con su reacción exagerada.

—¿Y Rafael te coqueteó? —preguntó.

—No me coqueteó, Nando. —Recalqué—. Diferente a Jennifer contigo.

—¿Ah, será que es diferente de verdad? —preguntó y me tiró al sofá, acostándose sobre mí.

—Es muy diferente, Fernando, y lo sabes. —Entrecerré los ojos hacia él.

—No sé. Estoy medio olvidadizo de las cosas. Por cierto, ¿dónde fue que paramos más temprano, cuando nos interrumpió mi tío? —preguntó mientras volvía a besar mi cuello.

—Me estabas diciendo que vas a poner a todas las cualquieras a correr. —Me reí y frotó la nariz en mi cuello.

—Y voy a poner a correr a los tipos atrevidos también, empezando por el vecino del piso de abajo. —Mordió la punta de mi oreja y volvimos a nuestros besos.

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