Se aventó sobre la cama y hundió la cara en la almohada; las lágrimas le salían a chorros.
Lloró un buen rato.
Luego, con cuidado, levantó la cabeza desde una esquina de la almohada y miró hacia la puerta.
Seguía cerrada. En el cuarto no había nadie más.
¡Ni su papá, ni su mamá, ni Álvaro… nadie fue a consolarla!
Ellos… estaban alrededor de Kiara. Ni se dieron cuenta de cómo se sentía.
En su cabeza y en su corazón solo existía Kiara. A ella no la veían.
¡Todo por culpa de Kiara!
¡Por culpa de esa pobretona del rancho!
Desde que regresó, todos se fueron con Kiara.
Pamela, furiosa, aventó las almohadas al piso y también tiró todo lo que tenía en el tocador.
El ruido de los golpes y los objetos cayendo terminó de reventarle los nervios.
—¡¿Por qué… por qué?!
Se le salió un llanto contenido, desesperado.
Este llanto ya no era el de hace rato, cuando todavía esperaba que su familia fuera a buscarla.
Ahora sí estaba llorando de coraje.
Y entre lágrimas empezó a decir cosas sin filtro:
—¡Estafadores! ¡Inútiles! ¡Puros charlatanes!
—¡Y ese Gabriel, viejo terco! ¿Está ciego o qué? ¡Kiara es una pobretona del rancho, una que ni terminó la prepa! ¿Qué va a andar curando?
—¡¿Por qué ella sí?! ¡Si yo soy la única niña consentida de esta casa! ¡La princesa que mis papás y mis hermanos cuidan como oro! ¿Por qué me tiene que venir a quitar todo?
Había gastado un dineral en traer a Rafael para que, frente a todos, dejara claro que Kiara era una farsante.
Y al final no solo no logró que la familia rechazara a Kiara, sino que le dio el escenario perfecto para lucirse.
¿Y por qué Gabriel y esos “genios” estaban tan entusiasmados con Kiara?
Para Pamela era obvio: Kiara los engañó igual que engañó a la familia.
Esa pobretona tenía labia; uno tras otro, todos de tontos, cayendo.
Recordó la mirada brillante de su abuelo cuando escuchó que sus piernas podían curarse, que podía volver a ponerse de pie.
Él de verdad quería levantarse.
Pero…
Pamela apretó el puño, molesta.
Bueno.
Ella ya hizo lo que pudo. Si el abuelo insiste en creerle a esa pobretona, que se aguante las consecuencias.
Cuando quede más inválido y le digan que hay que amputar, ahí sí va a saber lo que es arrepentirse.
***

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