La cara del profesor Morales se endureció por completo; la mirada se le volvió hielo.
—Tomás, ¿de verdad crees que irte a media operación, en pleno trabajo, es “una tontería”?
Su voz fue firme y fría, cortante.
—Tomás, a estas alturas ni siquiera entiendes en qué la regaste.
—Joel está por encima de ti, es tu superior. No obedecer la coordinación y las instrucciones de tu superior: ese es tu primer error.
—En una situación así de crítica, por tus emociones, abandonaste a tus compañeros y abandonaste tu trabajo: ese es tu segundo error.
Lo miró sin piedad.
—Deberías estar agradecido de que la ingeniera Ibarra te salvó. Porque si por tu salida Génesis hubiera tenido cualquier accidente, ¡tú cargabas con toda la responsabilidad!
—Así que, incluso sin la ingeniera Ibarra, el Centro de Investigación Energética no puede quedarse con un investigador irresponsable e indisciplinado como tú.
Tomás se puso pálido, como enfermo. Le salía una respiración pesada y entrecortada de lo alterado que estaba.
Movió la boca, intentando decir algo.
Pero el profesor Morales ya ni quiso mirarlo. Se dio la vuelta y siguió caminando.
—¡Profesor Morales, profesor Morales!
Tomás lo siguió a toda prisa, desesperado.
—¡Ya entendí, de verdad ya entendí! Ya no va a volver a pasar, de aquí en adelante…
—No hay “de aquí en adelante” —cortó el profesor Morales, sin ganas de perder el tiempo. Frunció el ceño, listo para llamar a la patrulla del Ministerio de Defensa para que se lo llevaran.
Ni siquiera alcanzó a decirlo.
Tomás, con los ojos rojos y la cara torcida de furia, se lanzó de golpe hacia el profesor Morales.
—¡Ya le rogué con toda la humillación del mundo! ¿Por qué no me perdona? ¿Por qué a fuerza me quiere correr? ¡Usted sabe que si el Centro de Investigación Energética me suelta, ningún otro instituto me va a querer!
Al ver la escena, levantaron las armas y le apuntaron a Tomás.
Los cañones negros lo dejaron helado. Se le fue la fuerza del cuerpo y se quedó tirado, flojo.
—Ella, la ingeniera Ibarra, claro que es extraordinaria. Es alguien a quien tú jamás vas a poder compararte —dijo el profesor Morales, con la voz dura—. Y ella, que es la verdadera directora del Centro de Investigación Energética, ¿cómo que no va a tener derecho a decidir si te quedas o te vas?
Tomás se quedó blanco. Abrió los ojos como platos, sin poder creerlo. Miró al profesor Morales… y luego a Kiara.
¿Esa chica, que ni parecía tener veinte años… era la directora del Centro de Investigación Energética?
¿Cómo iba a ser?
Hasta ahí Tomás entendió lo que acababa de hacer. Se puso a temblar sin control; se le salieron las lágrimas y se soltó llorando fuerte.
—Profesor Morales… p-perdón. Yo no quería. Yo… yo nada más me enojé, yo…
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