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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 62

La situación era crítica.

Aunque la noche anterior Kiara se había desvelado arreglando de urgencia los datos centrales, lo demás tenía que hacerse en sitio, en el instituto, coordinándose con los demás especialistas.

Adrián le había dicho que le consiguió a alguien con “buen respaldo, técnica sólida, capaz de ayudarla a resolver ciertos problemas especiales”.

Kiara no esperaba que ese “alguien” fuera Joaquín, el presidente de Clarosol.

Los dos entraron al Instituto Nacional Central de Investigación, al núcleo de control del proyecto con clave “Génesis”.

El ambiente era pesado. En la enorme pantalla circular de la sala, la zona del módulo central del algoritmo no dejaba de brincar con alertas rojas, agresivas, una tras otra.

Decenas de investigadores con bata blanca —incluidos varios veteranos de cabello ya canoso— estaban amontonados frente a la consola, trabajando sin parar.

La entrada de ellos dos hizo que varios se quedaran viendo.

Un investigador joven, gordo, con el pelo todo alborotado, se rascó la cabeza con fastidio y les habló de mala gana:

—¿Ustedes dos saben dónde están? ¡Lárguense!

Al final, eran puros investigadores que vivían metidos en el instituto y el laboratorio; ni siquiera reconocieron a Joaquín, aunque fuera famoso.

—Yo soy… —Kiara no quería perder tiempo y estaba por presentarse.

Pero el gordo ya venía de malas y ni paciencia tenía. Les hizo señas como espantando moscas.

—¡Que se vayan! Esto es un área de control con información clasificada. No importa quiénes sean, no tienen permiso de estar aquí. ¡Fuera!

Hablaba tan fuerte que varios alrededor fruncieron el ceño y voltearon.

En una emergencia así, tanto los gritos del gordo como la irrupción de dos “desconocidos” solo estorbaban.

Kiara frunció el entrecejo. Apretó un poco más la mano que sostenía su mochila de lona.

Cuando el gordo se les vino encima, como para empujarlos…

Joaquín dio un paso al frente, todavía con una mano en el bolsillo.

Su figura alta se plantó delante de Kiara, cubriéndola.

La flojera peligrosa de su expresión se le apagó apenas. Levantó la mirada y le echó al gordo una mirada corta, seca.

—Muéstrenme todos los cambios de datos desde anoche, y también el rastro de ejecución del programa de limpieza. Todo sincronizado.

Su voz era fría y clara. No era fuerte, pero tenía ese tono que hacía que la gente obedeciera sin pensarlo.

Un investigador estaba por moverse.

El gordo, ya de pie otra vez, estrelló la palma contra la mesa, rojo de vergüenza y coraje.

—¿Y tú quién te crees? ¡Estos datos son información clasificada! ¿Cómo crees que te los vamos a sacar?

—Tomás… ella a lo mejor sí es la que trajo Adrián para salvarnos… —le susurró alguien, intentando calmarlo.

Tomás soltó una risa burlona y la midió de arriba abajo. Con la cara grasosa de desvelo, se le notaba el desprecio.

—¿Cuántos años tiene? ¿Ya es mayor de edad? Esta mocosa ni ha salido del cascarón. ¿Y va a ser “salvación”? Si de verdad la trajo el profesor Morales, me arrodillo y le digo “jefa”.

—No hace falta. —Kiara alzó la mirada, por fin dignándose a verlo de frente. La voz, plana—. No me interesa discutir con un idiota.

***

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