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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 58

Código complejo rodando sin parar, fórmulas que mareaban y diagramas estructurales que cambiaban a una velocidad brutal.

Hasta Álvaro, que ya había visto de todo, se quedó con las pupilas ligeramente contraídas. Tras los lentes, sus ojos tranquilos reflejaron un filo de asombro.

Como heredero de los Ibarra, dominaba bastante datos y algoritmos.

Pero lo de ahí… ya se salía de su alcance.

Solo alcanzaba a distinguir que era una limpieza por aislamiento de alta dificultad y una especie de reparación de plantillas.

Eso no lo hacía cualquier ingeniero de sistemas.

La luz azulada pintaba el perfil de la chica. Kiara estaba concentrada, serena; sus dedos parecían controlar el caos.

Álvaro la observó unos segundos. Luego salió en silencio y cerró la puerta con cuidado.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Kiara por fin reparó una plantilla clave.

Al ver que el flujo de datos dañado, por el momento, quedaba estabilizado y aislado, se dejó caer en el respaldo. Los nervios, tensos durante horas, se aflojaron apenas.

Cerró los ojos un instante y se apretó el entrecejo, adolorido.

Luego tomó la leche y dio un trago. Le ayudó a despejarse un poco.

Se quedó un segundo quieta, mirando el vaso.

La habían dejado a la temperatura justa, tibia, esperando.

Por eso estaba perfecta.

Se le cruzó la imagen de Álvaro saliendo sin hacer ruido, y en el pecho le subió una calidez extraña.

Curvó apenas los labios, agarró un postre y se lo fue comiendo de a uno, hasta terminarse la leche.

Con energía repuesta, volvió la mirada a la pantalla y se metió otra vez a pelear.

Cuando por fin amaneció por completo, Kiara terminó la reparación de emergencia inicial y logró estabilizar la situación.

Se le notaba el cansancio, pero no pensaba descansar.

Se metió al baño, se bañó para sacudirse el agotamiento, guardó la laptop en la mochila de lona y se la colgó al hombro como si nada.

Ahí llevaba datos clave de un proyecto nacional de investigación.

Bajó y, apenas llegó a la sala, escuchó risas y halagos.

—¡Ay, nuestra Pamela es una fregona!

—Sigue así; ojalá pronto puedas entrar con el profesor Morales. Tu futuro no va a tener techo.

—No hace falta.

La sonrisa de Pamela se tensó, pero enseguida se recompuso, todavía más entusiasta.

—De verdad es increíble. Con que aprendas tantito de él, ya sales ganando. Kiara, ¿y si… le digo al profesor Morales? Te consigo chance de ir a escuchar una clase. Igual con eso te dan ganas de estudiar.

Kiara no se detuvo; pasó de largo. Su tono fue frío, distante.

—No. Ocúpate de lo tuyo.

Luego alzó la mirada hacia la familia.

—Abuelo, papá, mamá, Álvaro: todavía tengo cosas pendientes. Tengo que salir un rato.

—¡Espérate! —Vanesa, con el corazón hecho trizas, corrió detrás con un termo—. Kiki, aunque estés a las carreras, tienes que desayunar. Toma esto. Ya le dije al chofer que te espere en la entrada.

Desde que vio a Kiara bajar con la mochila, Vanesa había mandado a traer el termo.

El peso le cayó en las manos a Kiara. Sus pestañas largas temblaron un poco al encontrarse con la mirada de su mamá, llena de preocupación.

Se le calentó el pecho y sonrió despacio.

—Gracias, mamá.

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