Del otro lado no contestaron.
A lo mejor ya se durmió.
Joaquín guardó el celular en el bolsillo.
Entre el salón de la fiesta y la casa principal había un jardín enorme.
Apenas iba rodeando el jardín,
una silueta oscura salió de la nada desde su punto ciego y se le echó encima con un golpe seco y violento.
El movimiento fue rapidísimo: duro, preciso, sin titubeos. En cuanto alzó la mano, fue directo al cuello.
La mirada somnolienta de Joaquín se tensó. En el instante en que sintió el ataque, giró y bloqueó.
Sus dedos, largos y bien definidos, se veían todavía más pálidos bajo la luna.
Bonitos, sí.
Pero en ese momento eran como navajas.
Justo cuando estaba por agarrar al agresor para contraatacar,
alcanzó a ver, en el reflejo de una superficie cercana, la cara de quien venía detrás.
Joaquín se detuvo apenas un instante.
¿Violeta?
¿La mejor amiga de Kiki?
¿No se había ido con la gente de la familia Ibarra? ¿Y ahora por qué estaba de vuelta?
¿Y otra vez, sin hacer ruido, se metió a la mansión Carrasco?
Y por ese mínimo titubeo,
Escorpión le cerró el brazo en el cuello.
Joaquín era demasiado alto.
A Escorpión le costaba cerrarle bien la llave, así que se las ingenió para quitarle fuerza. Con la otra mano sacó una navaja y se la presionó por la espalda. Con una voz metálica, claramente alterada por un modulador, le soltó:
—¡Ni te muevas! ¡Vas a venir conmigo, tranquilito!
Joaquín soltó una risita.
En el silencio de la noche, esa risa se escuchó clarita.
Escorpión le dio un empujón con el mango de la navaja.
—¿Y tú de qué te ríes?
—Señorita Violeta Suárez —dijo Joaquín, con esa voz baja y floja, y una sonrisa ligera—. Te mueves bien; se nota que esto de atacar por la espalda te lo sabes. Pero… el momento y el ángulo estuvieron mal. ¿Antes de lanzarte no revisas el entorno? Esa ventana a tu derecha te delataba. Si te hubieras cargado un poco más hacia las nueve, te salías de todas las líneas de vista.
Si dijo que lo amarraba, lo amarraba.
Joaquín: “…”
Se quedó callado dos segundos.
Y luego extendió las manos por su cuenta, dejándose amarrar.
Escorpión le echó una mirada de reojo, con un toque de sospecha, como si estuviera midiendo si el tipo tenía algún gusto raro.
Pero ya no había tiempo.
Le jaló la cuerda y lo amarró de pies a cabeza.
Cuando terminó, le volvió a dar un empujón con el mango de la navaja.
—¡Cállate! Menos charla. ¡Camina!
Todo el tiempo, Joaquín cooperó.
Escorpión lo fue empujando hasta el estacionamiento subterráneo.
Ella había llegado en moto.
No era práctico para llevarse a un secuestrado, así que tenía que robarse un carro del estacionamiento y llevar a Joaquín con Muerte Viviente.

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