El de pelo teñido se acercó con una sonrisa torcida, apestando a alcohol. Levantó la mano para agarrar a Kiara del cuello de la playera, jalársela y darle su “lección”.
Ni siquiera alcanzó a tocarla.
La chica —playera blanca, pantalón, expresión fría— se hizo a un lado y le esquivó la mano.
Luego le atrapó la muñeca con precisión y la torció con un jalón seco.
Se oyó un crujido.
El tipo gritó.
Kiara levantó el pie y, con una pierna larga y firme, le plantó la suela sobre la cabeza.
El de pelo teñido soltó otro grito y se fue al suelo de golpe.
Chillaba del dolor, queriéndose revolcar, pero ella lo tenía clavado con el pie en la cabeza; no podía ni moverse.
La escena dejó a todos en shock.
Nadie podía creer que la Kiara de antes, la que iba detrás de Patricio como corderito, se atreviera… a ponerle una mano encima a alguien de Patricio.
Y encima así, humillándolo.
Eso era cachetearle el orgullo a Patricio en la cara.
—¡Kiara! —a Patricio se le encogieron las pupilas. La miró con los ojos negros, helados—. ¿Te atreves a tocar a mi gente?
Kiara alzó la mirada, como si le diera flojera. Sus ojos claros lo barrieron.
Soltó una risita por la nariz.
No dijo nada, pero la burla fue obvia.
Al segundo siguiente, con un movimiento del pie, levantó al tipo que tenía aplastado.
Y lo pateó hacia adelante.
Todo pasó tan rápido que nadie alcanzó a ver bien.
El de pelo teñido salió disparado y se estrelló contra Patricio.
Patricio no lo vio venir; trastabilló hacia atrás y los dos acabaron cayendo en el sillón.
Barrió con la mirada el desastre del cuarto. No mostró emoción, pero a todos se les apretó el estómago.
El gerente del Club Diamante Negro venía detrás, sudando a chorros, muerto de miedo.
—Señor Carrasco…
A todos se les heló el cuerpo.
Hasta Samuel, que venía con todo, se quedó pálido, parado en seco.
El privado se quedó en silencio, con el aire tenso.
Ese hombre…
Era de los que estaban en la cima de Clarosol.
No solo los Zúñiga o los Fuentes: hasta la familia Palma… y Eugenio, con todo y su fama, frente a él se quedaba corto.
—Señor Carrasco, ¿qué lo trae por acá? —Patricio, sin importar lo hecho polvo que estaba, empujó al de pelo teñido a un lado y se apresuró a acomodarse.

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