Y entonces, por fin, le hizo un gesto despreocupado a Kiara y se fue con el guardaespaldas.
Los demás también se movieron y arrastraron a los hombres de Veridia fuera del estacionamiento.
En menos de dos minutos,
todo volvió a quedar en silencio.
Solo estaban Kiara y Joaquín.
—¿Te lastimaron? —Joaquín bajó la mirada. En ese espacio vacío y callado, su voz grave sonó todavía más intensa.
Le rozó a Kiara los oídos.
Era una pregunta simple, pero el aire se volvió extraño… cargado de algo.
—Estoy bien. —Kiara evitó mirarlo y, un poco incómoda, se acomodó el cabello que se le había caído a la mejilla—. Eran puro don nadie. No me iban a hacer nada.
—Espérate.
Joaquín habló de pronto.
Kiara tenía la mano levantada, pero él le sujetó la muñeca con los dedos largos.
La palma de él estaba caliente, casi como fuego.
Kiara se estremeció y quiso zafarse.
Pero Joaquín se inclinó. Sus labios apenas se acercaron, y su aliento tibio le rozó la oreja.
—Traes el pelo revuelto. Déjame acomodártelo.
A Kiara le dio cosquillas y encogió un poco el cuello.
Acomodar el pelo es acomodar el pelo. ¿De verdad tenía que pegarse tanto?
Este pinche presumido…
Siempre encontraba el momento para soltar su encanto.
—No te muevas.
La mano de Joaquín bajó de su muñeca a su hombro,
y luego pasó detrás de ella.
El lugar estaba oscuro y silencioso.
Kiara no podía ver la expresión de él, solo alcanzaba a escuchar el roce de la ropa cuando se movía…
y sentir su respiración cerca.
Una vez. Y otra.
Hasta que el cosquilleo se le fue por todo el cuerpo, como si le corriera una corriente.
La respiración se le desacomodó un poco.
—¿Todavía no?
La risa baja de Joaquín, esa que ponía la piel sensible, le respondió:
—¿Kiki está nerviosa?
—¿Yo? —Kiara abrió más los ojos, ofendida.
Joaquín sintió su cuerpo tenso, como si se enderezara con orgullo. Aunque no le viera la cara, podía imaginarla.
Se rió, con ganas de provocarla.
—Si no estás nerviosa, ¿por qué siento que ya hasta estás sudando?
—Hace rato me moví mucho. Por eso. —Kiara contestó tranquila, como si nada.
Joaquín no dijo nada.
Solo dejó escapar esa risa baja, una y otra vez, pegada a su oído, como si supiera perfecto que ella solo estaba haciéndose la fuerte…

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