Esas piernas largas y perfectas se alzaron de golpe.
El tacón se estrelló contra la muñeca del hombre.
El arma salió volando de su mano.
El que iba al frente volvió a azotarse contra una columna y quedó boca abajo en el piso, sin poder levantarse.
—…Me temo que eso se lo vas a tener que preguntar a la Muerte, allá abajo.
Los ojos del hombre se le salieron del susto. Miró a Kiara, aterrado, y de su garganta salió un sonido ronco, como si quisiera gritar, pero no le saliera la voz:
—T-tú… tú eres La Muerte Viviente…
No alcanzó a terminar.
Le brotó sangre de la garganta.
Se quedó con los ojos abiertos… y no volvió a moverse.
—¡Maldita sea! ¡Rápido! ¡Maten a esa mujer de Solarenia!
Los demás ya miraban a Kiara con un terror absoluto.
Uno se lanzó hacia el arma que había caído al suelo.
La levantó y de inmediato la apuntó hacia Kiara.
Sin dudarlo, disparó.
Kiara soltó una risita de desprecio.
Para ser carne de cañón, no hablaba tan mal.
Con la punta del pie, enganchó al tipo bajo y robusto que estaba en el piso —fácil pesaba unos ochenta kilos— y lo hizo girar en el aire, dejándolo justo enfrente de ella.
La bala se le metió al hombre y este volvió a azotarse contra el suelo.
El que disparaba se puso todavía más pálido y volvió a apretar el gatillo—
De pronto, desde el fondo del estacionamiento, se escuchó un estruendo.
El chillido de unas llantas quemando el piso rebotó en el espacio amplio, ensordecedor.
Una motocicleta pesada, de líneas elegantes y color rojo oscuro, venía a toda velocidad.
En cuestión de segundos ya estaba encima.
Después se quitó el casco, revelando un rostro llamativo y provocador, pero con un aire firme y salvaje.
Sacudió su cabello rojo, ondulado, y se recargó con flojera en la motocicleta. Con los labios pintados, barrió la escena: cuerpos tirados por todos lados… y luego miró a los pocos que aún quedaban de pie, pálidos del miedo.
Chasqueó la lengua, desdeñosa:
—Bah. Puro don nadie. Ni para calentar.
El tono era igual de altanero que el de Kiara.
Kiara jugueteó con la pistola y alzó una ceja.
—¿Ni para calentar? Entonces mejor vete con Roca a Veridia y armamos algo… en grande. ¿Gigante?
La mujer se enderezó. De pronto aceleró; la llanta rechinó al patinar.
Se lanzó de golpe.
Luego se bajó de un salto, rápida y con estilo.
—Ni de chiste. Apenas vine como se debe a Solarenia; por fin puedo quedarme aquí un buen rato sin esconderme. ¿Cómo crees que me voy a largar tan fácil?

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