Quedaron tirados de lo peor.
A los mayores de esas dos “niñas bien” también los sacaron enseguida.
Los dos, furiosos, agarraron a sus hijas y se las llevaron a jalones.
Catalina, al oír los gritos y las súplicas, temblaba; traía la cara pálida del susto.
—¡Esa pinche chamaca nos vio cómo nos corrían y ni abrió la boca para defendernos! ¡Malagradecida, eso es! —Dana se levantó hecha un desastre, sacudiéndose el vestido, y escupió con coraje hacia la mansión de los Carrasco.
—Claro, como toca el piano, ya se creyó mucho. Se ganó la atención de Fernando y se subió en su ladrillito para que nos sacaran. ¿Todavía esperabas que dijera algo por nosotros? —Samuel estaba que se lo llevaba el diablo, muerto de vergüenza, y maldijo a Kiara una y otra vez.
Tristán tenía la cara hecha piedra.
—¡Ya! ¡Cállense todos! ¿Todavía no les basta con el ridículo?
Con la mirada pesada, vio a Catalina, que seguía en shock, y bajó la vista.
—Nos vamos a la casa.
Se dio la vuelta y caminó a zancadas hacia donde estaban los carros.
Catalina, al recordar la mirada de Tristán, sintió un hueco en el estómago.
¿Su papá… estaba decepcionado de ella?
¿Y ella qué podía hacer?
Hasta la hija de la segunda rama de los Carrasco y la propia Pamela quedaron humilladas por Kiara…
Las hicieron pedirle perdón de rodillas, y hasta salir del lugar arrastrándose.
Ella, que solo había podido aparecer en un evento así por Pamela, ¿qué se suponía que hiciera?
Esa Kiara…
¿por qué siempre tenía tanta suerte?
Cada vez que algo debía dejarla en ridículo, terminaba dándole la vuelta y quedando como la buena.
—¿Qué lloras? La que va a llorar es ella. Ya verás: se la pasó luciéndose y coqueteando en ese evento… mañana todo el mundo va a estar hablando de que la agarraron de “la otra” y la pusieron en su lugar.
Catalina, con los ojos rojos, estaba por decir algo cuando su celular sonó.
Lo sacó y se quedó helada.
¡Era Patricio! El mismo al que estos días ni siquiera le entraban las llamadas.
Desde lo de las carreras…
Patricio perdió cien millones y encima quiso encajarle a ella una deuda de cincuenta millones.
Después desapareció: no contestaba, no se dejaba ver.
Como si ya hubiera cortado con ella.
¿Y ahora sí le marcaba?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste