Tristán y Dana también estaban con la boca abierta, paralizados, mirando a la hija adoptiva que brillaba en el escenario principal.
Esa… Kiara a la que nunca habían volteado a ver de frente, ¿no había crecido desde niña junto a la señora Julia Zúñiga, en un ranchito perdido?
Hasta a Dana le temblaba la cara.
—Tristán… ¿tu mamá… tu mamá sabe tocar piano?
Tristán negó, aturdido.
—N-no… no sabe…
—Entonces, ¿quién demonios le enseñó a tocar así? —Dana estaba completamente confundida.
Esa hija adoptiva que para ella “no servía para nada”… no solo tocaba el piano: tocaba así de bien.
Tan bien que hasta el vicepresidente de la Asociación Internacional de Música, un peso pesado, no dejaba de elogiarla.
Y ellos ni enterados.
¿Por qué… por qué Kiara nunca mostró que tocaba el piano?
¿Por qué nunca lo dijo?
Si era tan buena, ¿por qué no se los contó?
Si lo hubieran sabido antes… si lo hubieran sabido, ¿cómo iban a correrla de la casa?
—Al final, es una malagradecida —soltó Dana, furiosa—. La criamos veinte años y se guardó todo. ¿A quién le estaba escondiendo las cosas? ¿Qué, tenía miedo de que le “sacáramos provecho”?
Tristán le lanzó una mirada de enojo.
—Si no te hubieras aferrado a correrla, ahorita la familia Zúñiga estaría levantándose gracias a ella. Todo por tu necedad con eso de “mala suerte” y “buena suerte”, de que Kiara no servía para ayudarnos y que nomás nos iba a hundir… ¡por eso estamos como estamos!
Visto así, Kiara era justo la que más podía ayudar a la familia Zúñiga.
No importaba por qué escondió lo que sabía hacer.
Con que tuviera la capacidad y pudiera ayudarlos… eso bastaba.
No se le movió ni un músculo; solo giró la cabeza con desgano y miró a Fernando. Con voz limpia y serena, preguntó:
—Don Fernando, ¿en la familia Carrasco es normal revisar invitaciones en plena fiesta y delante de todos? Si hace falta, puedo mostrar la mía.
Fernando era demasiado listo.
En cuanto Kiara lo dijo, entendió el mensaje. Se le endureció la cara y barrió el salón con una mirada imponente.
Aunque ya pasaba de los cincuenta, su presencia seguía siendo suficiente para poner a todos tiesos.
—¿Quién se atreve a pedirte tu invitación? —dijo con el ceño marcado—. Si la familia Carrasco invita a alguien, nadie tiene por qué “comprobar” nada. ¡Nicolás!
Nicolás se acercó de inmediato.
Kiara curvó apenas los labios y señaló con precisión a las tres que intentaban huir.
—Esas tres, hace rato, delante de todos, exigieron revisarme la invitación y además me difamaron e insultaron. Según las reglas de la familia Carrasco… ¿qué procede?

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