Pero en esos ojos se notaba clarito un gusto malicioso, como de diablita.
Ajá.
Se juntaron para molestar a Kiara.
Eloísa no era tonta: esas “señorita Ríos” y “señorita Benítez” iban por órdenes de Pamela y Yolanda.
Y quién sabe si hasta a los Zúñiga los habían llamado ellas.
Todo para fastidiar a Kiara.
Pues entonces a ver quién fastidia a quién.
—Ellie… —Pamela temblaba del coraje; traía los ojos rojos, como inyectados.
¿De qué servía un veredicto?
Ya había perdido.
Eloísa solo quería ayudar a Kiara a humillarla, a pasearla, a dejarla en ridículo.
Y la apuesta…
La que perdiera tenía que irse de ese salón humillada, pidiendo disculpas de rodillas.
¿Cómo iba a hacer eso?
Yolanda también traía una cara terrible. Jamás imaginó que Kiara supiera tocar el piano y, encima… así de bien.
¿No que Kiara era una “chava del rancho”?
—Saúl Torres, por favor, díganos su veredicto —dijo Margarita en el momento justo, y lo invitó a pasar.
En la primera fila se levantó un hombre de unos cincuenta y tantos, traje impecable y presencia tranquila.
De lo emocionado, hasta tumbó la silla de al lado.
Ni cuenta se dio.
Con los ojos húmedos, se quedó mirando a Kiara sin parpadear; los labios le temblaban.
Sí.
Saúl Torres siempre la había tenido en alta estima.
Ella sabía que perdió, pero si él decía “no puedo calificar”, eso significaba…
¿Que la iba a ayudar?
Si Saúl Torres la ayudaba, con que diera una frase, mínimo se libraba de esa apuesta.
Con esa idea, Pamela lo miró con una esperanza casi desesperada.
—Saúl Torres, si usted dice que no puede calificar… ¿no será porque esa mujer solo imitó la pieza original de Pamela, y una imitación jamás puede superar al original? Si hablamos de técnica, Pamela sigue siendo mejor, ¿o no? —Yolanda, mientras hablaba, le hizo señas con la cara, como insinuando que, si ayudaba a Pamela…
Después de la cena, Pamela seguro lo aceptaría como maestro.
Esa cara tan ridícula hizo que Saúl Torres soltara una risa.
Las miró como si estuviera viendo a dos tontas, a dos payasas.

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