Cada vez que Queen sacaba una pieza nueva, Eloísa la estudiaba con detalle.
Se sabía sus diseños al derecho y al revés; todo lo que había podido comprar, lo guardaba en su caja fuerte.
Era muy sensible a ese estilo.
Ese collar sí estaba lleno del aire de Queen… pero había detalles que no terminaban de cuadrar.
Eloísa tenía curiosidad.
¿Por qué el diseño de Catalina se parecía tanto?
Aunque Queen jamás mostraba el rostro y en el mundo de la joyería nadie la conocía en persona…
Eloísa ni por asomo iba a pensar que Catalina fuera Queen.
Catalina no estaba ni cerca de poder compararse con su ídola.
Ante la pregunta de Eloísa, a Catalina se le apretó el corazón y alzó la mirada por reflejo.
Pero Eloísa seguía con esa sonrisa dulce, ladeando la cabeza, como si solo preguntara al aire.
Catalina apretó los dedos y reprimió el torbellino en el pecho. Sonrió, firme.
—Claro. Es mi diseño. Lo hice yo sola, por mi cuenta.
—¿Ah, sí? —Eloísa bostezó, sin ganas.
Esas dos palabras, tan ligeras, le hicieron a Catalina un nudo en el estómago.
Sintió que…
¿Eloísa sabía algo?
No podía ser.
Ese diseño no se había hecho público.
Era único en el mundo.
Eloísa no podía descubrir que ese collar no lo había diseñado Catalina.
Catalina se lo repitió una y otra vez en la cabeza, para agarrarse de valor.
—Ajá…
De pronto, Eloísa soltó una risita.
Quién sabe si algún maestro presente se interesaría en su diseño…
Total, todavía tenía muchas otras propuestas guardadas.
Sacaba cualquiera y armaba un escándalo en el medio.
Su fama de “genio” se escucharía por todo Solarenia.
Cuanto más lo pensaba, más segura se sentía.
Bajó del escenario con el mentón en alto.
Dana se acercó contentísima, le tomó la mano y le sonrió.
—Cata, no pasa nada. Con que la señorita Carrasco te lo haya aceptado, ya con eso.
Como si se le hubiera olvidado que Eloísa la acababa de poner contra las cuerdas varias veces.
Para Dana, si Eloísa aceptaba el regalo, era porque reconocía el diseño de Catalina.
Y con eso ya tenía pretexto de sobra para presumir el talento de su hija por todos lados.
¿Quién iba a imaginar que su “niña”, a la que Kiara —esa chamaca maldita— le había robado la vida de lujo y no le permitió educar como quería, aun así, aunque hubiera crecido lejos, seguía siendo igual de brillante?

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