Interrumpir así era una grosería.
Pero cuando vieron la invitación en la mano de Tristán…
Aunque por dentro lo despreciaron, por respeto a los Carrasco solo asintieron con frialdad y soltaron un “ajá” de compromiso.
Ni uno se detuvo.
Simplemente lo rodearon y entraron al rancho.
Y después…
Por más que Tristán sonriera y tratara de sacar plática…
Lo único que recibió fueron respuestas cortantes, de trámite.
Algunos hasta lo ignoraron por completo: ni le tomaron la mano que extendía, como si no existiera.
A Tristán se le fue poniendo la cara cada vez peor.
Dana iba detrás, entre enojada y desesperada, muerta de vergüenza, y no aguantó:
—Pinches clasistas… Cuando Cata se case con una familia de verdad y los Zúñiga volvamos a levantarnos, a ver quién se atreve a menospreciarnos. ¡Entonces van a venir a rogarnos!
Tristán también traía el coraje atorado, con la cara hecha piedra.
Samuel sentía que se lo tragaba la tierra; le ardía la cara de la pena.
Él, siendo de los Zúñiga… ¿cuándo había pasado una humillación así?
—Papá… ya déjalo. Esos tipos se sienten intocables. Ni de chiste van a fijarse en nosotros —dijo Samuel, irritado.
Aunque tuvieran la invitación de los Carrasco y estuvieran en una fiesta de ese nivel…
Los Zúñiga seguían siendo los Zúñiga al borde de la quiebra.
Para esas familias, ellos no eran nadie.
Era ir a hacerse pasar un coraje.
Tristán ya estaba de malas; con lo que dijo Samuel, se puso peor y lo fulminó con la mirada.
Benjamín se apresuró a intervenir:
Cuando parecía que se iba a ir directo hacia donde estaba la gente—
—¡Screeeeech!
Las llantas rechinaron contra el piso con un sonido que enchinaba la piel.
El coche dibujó un arco rojo perfecto y se acomodó con un derrape limpio, preciso.
Quedó estacionado sin fallar, junto a la zona de acceso VIP.
El movimiento fue fluido, descarado… y espectacular.
Aunque por ahí solo andaban invitados de altísimo nivel, esa maniobra igual les arrancó exclamaciones de asombro.
—¡No manches! ¡Qué perra técnica! —Samuel, que se la vivía en el ambiente de las carreras, nunca había visto algo así de agresivo y limpio.
Se emocionó al instante.
Tenía los ojos puestos en el coche rojo, ansioso por ver quién era, dentro de ese círculo de ricos, el que manejaba así.

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